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Este "poema gauchesco" es una de las pocas
obras de la literatura argentina que se zambulle sin pudores
ni segundas partes melancólicas, en la felicidad
del diálogo amistoso. Esa alegría se basa
en un drama tremebundo y germánico: el "Fausto"
de Goethe. Diversos avinagrados (Rafael, hermano de José
Hernández, y Leopoldo Lugones) le han marcado a Del
Campo "errores" que el prologuista y excelente
editor Eduardo Stilman detalla y discute en un prólogo
informado y extenso.
Un paisano sale desnudo de entre las aguas para abrazarse
con su amigo Laguna, a quien no ve hace tiempo. Una vez
vestido e instalado el ambiente, un paisano le cuenta al
otro que ha ido al Colón: algo imposible, según
apuntó el admonitorio Lugones. Aunque el contexto
no puede ser más creíble y argentino: el gaucho
paga su entrada para aliviar el ocio impuesto por una cadena
de deudores "bicicleteros", y en el amontonamiento
del público "fino" alguien le "refala"
el puñal de la cintura.
Después ve la obra como en la cancha: "en un
alto, finalmente,/ande va la paisanada,/que era la última
camada/en la estiba de la gente." De allí en
adelante, el Fausto goetheano se convierte en disfrute puro,
sobre todo porque es punteado por pausas relajadas que pintan
el paisaje o hacen precisiones sobre la tragedia del amor
no correspondido.
Las ilustraciones del gran Oscar Grillo potencian el goce
de los dos personajes: los pinta con dentaduras dadas a
la sonrisa abierta y encandilante, y con las manos agrandadas
y la gesticulación de la gente que trabaja. El uso
del color es explosivo y virtuoso a la vez: intercala atmósferas
rojas y cálidas o violetas y siniestras, y cuelga
del aire una imagen angelical cuando el diablo necesita
mostrarle Margarita al famoso doctor con toda la metafísica
del ideal. Las caras de sus gauchos, de ojos agrandados
por el asombro, y sobre todo cuando miran frontales al espectador
de ese modesto escenario que es el libro, son alucinantes.
Uno sospecha que el artista logra comunicar ese alucine
porque usa la droga más pesada y eficaz de todas:
la realidad y las ganas de vivir.
En una de las primeras veces (1926) en que escribió
sobre este texto, Borges lo definió bien y macedónicamente:
"Libro más fiestero, más díscolo,
más buen palmeador del vivir, no conozco ninguno."
Segundo volumen de una cuidada serie de álbumes ilustrados
(el primero fue el "Martín Fierro" de Fontanarrosa),
incluye los diversos prólogos y cartas de la primera
edición y el inevitable "Vocabulario" final.
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