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Bebel Gilberto se crió entre artistas enormes. Su
padre es Joao Gilberto, una de las principales voces de
la bossa nova. Su madre es Miúcha, otra cantante
ilustre. Su tío es el genial Chico Buarque. Y su
madrastra -la segunda esposa de Joao- es Astrud Gilberto.
Bebel nació en los Estados Unidos, pero su vida se
dividió entre Río de Janeiro, Londres y Nueva
York. En todos esos lugares, su casa fue epicentro de reuniones
de las que participaron figuras como Caetano Veloso, Gilberto
Gil, Gal Costa o Stan Getz.
Con toda esta historia personal, parece que la chica -nacida
en 1966- no podía ser sino artista. Debutó
tempranamente a los siete años en un escenario emblemático,
el del Carnegie Hall, junto a su madre y a Getz; y a los
20, era corista de la banda de David Byrne. Pero lejos de
jugarle sólo a favor, esta mochila familiar demoró
su debut solista que llegó mucho más tarde,
con el álbum "Tanto tempo" de 2001. Desde
entonces, ha empezado a hacerse un espacio propio en el
mundo de la música: grabó otro disco -"Bebel
Gilberto", en 2004-, presentó las versiones
"remixadas" de sus dos trabajos, y ha dado algunas
vueltas por América y Europa.
Su estilo -más allá de los remixes que le
valieron el mote de "reina de la electrobossa"-
circula por una mezcla de bossa nova edulcurada, pop norteamericano
y balada de hotel internacional. El formato acústico,
pequeño, camarístico -guitarra, bajo, percusión,
flauta, como estructura principal- la libera del estruendo
del show efectista. Sin embargo, aún no ha terminado
de redondear una personalidad fuerte y las referencias a
géneros conocidos la ponen en un lugar intermedio
al que le falta definición. La corrección,
el profesionalismo y la solvencia juegan a su favor. Pero
cierto tono monocorde, la falta de sorpresa, una búsqueda
que no termina de redondearse, son puntos flacos de un artista
que, seguramente, tiene todavía más futuro
que presente. l
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