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La apariencia es serena, modesta, piadosa: los ojos bajos,
las manos juntas, la voz tenue. Más allá de
esa aureola de benevolencia, y hasta de santidad garantizada,
las monjas han despertado siempre cierta inquietud, digamos
estética. Novelistas, poetas, pintores, dramaturgos,
cineastas (recordemos a Fellini, que recurre a ellas con
frecuencia, hasta por razones ornamentales: los hábitos
solían ser muy decorativos), dan distintas versiones
de esas mujeres consagradas a la caridad y la oración.
También a la enseñanza. Y es en esta última
condición que las muestra el ignoto autor de "Chicas
católicas", con decidido ánimo de crítica
burlona.
Que las hay, las hay. Sin duda. Religiosas frías
y autoritarias, otras caprichosas, otras sin la menor vocación
pedagógica. Exactamente igual que sus colegas laicos
de ambos sexos. Las que fueron sus discípulas suelen
recordarlas con resentimiento sarcástico, como casi
todos los que fueron alumnos respecto de sus antiguos profesores.
Aquí se trata de cuatro chicas que cursaron primaria
y secundaria en un colegio de monjas. Sus travesuras, sus
anhelos, su desarrollo intelectual y afectivo, sus relaciones
con las religiosas (algunas de ellas, de chaleco) se muestran
a través del humor, de a ratos escatológico,
negro en otros, nunca muy original pero, al fin de cuentas,
eficaz.
Tan sólo al final despunta una mayor profundidad,
cuando las que ahora ya son mujeres se preguntan por la
solidez de su creencia y si realmente habrá alguien,
allá arriba, ocupándose de ellas.
Alicia Zanca maneja con su habitual destreza este sencillo
material, cuyo objetivo básico es la comicidad. Cuenta
con cuatro estupendas actrices, si bien a Verónica
Llinás le toca la parte del león, con una
monja que se las trae. Pero todas ellas sobresalen en la
difícil tarea de desdoblarse en chicas turbulentas
y religiosas perturbadas: Calvo, Weinberg, la diminuta y
graciosísima García Lago y Llinás,
transmiten el vértigo propio de un dibujo animado.
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