| Tengo nombre
de reina, sabés. Acevedo, el gobernador de Santa
Cruz, siempre me lo dice. Y la verdad, me gusta…",
dijo Cristina Fernández con gracioso candor.
Conversábamos en el bar del hotel Quinta Real, de
Monterrey, en el norte de México, en la última
cumbre de presidentes. Fue a comienzos del 2004 y, por ética
profesional, le comenté que estaba trabajando en
un libro sobre su vida y que quería entrevistarla.
Hizo silencio y abrió muy grandes sus ojos.
Conozco a Cristina desde hace tiempo. En La Plata, a mediados
de la década del ’70, cuando llegué
a la Universidad, como ella, con la ilusión de cambiar
el mundo. La recuerdo con su andar garboso, su cabello abundante,
castaño oscuro, lacio y largo, botas altas y minifaldas;
taconeando los angostos pasillos de la Facultad de Derecho
de la calle 7. No había un tipo que no diera vuelta
la cabeza para mirarla o decirle un piropo. Era altiva,
bella y batalladora.
El estilo. "Parecía muerta, te juro. Cuando
estaba en la sala de operaciones del hospital, toda destruida,
lo único que dije fue: tráiganme un espejo,
quiero un espejo. Qué loca, el médico no entendía
de qué le hablaba. Yo lo único que quería
ver era cómo me quedó mi cara y me había
salvado de casualidad."
–Señora, está muy linda, no se preocupe.
Sólo tiene un golpe fuerte a la altura del ojo izquierdo.
Cristina recuerda sus miedos y al mismo tiempo la respuesta
que le dio el médico. Eran los días previos
al 26 de julio de 1982 y venía de realizar una pegatina
por el acto de homenaje a Evita. El accidente lo protagonizó
manejando su auto por las calles congeladas y resbalosas
de Río Gallegos. Una maniobra en falso, un volantazo,
una feroz patinada y la oscuridad total luego del estruendo
del choque. No recuerda más, sólo que en el
hospital pedía un espejo.
Los rastros se reflejan apenas en su rostro. Una pequeñísima
cicatriz que, de perfil, se advierte si se la mira de cerca,
pero que no es nada en relación con la violencia
del accidente. Me muestra la línea casi imperceptible
y habla de corregirla alguna vez.
Cuando se siente cómoda frente a otra mujer, la senadora
no tiene pudor para hablar de cuestiones femeninas: de su
pánico a las arrugas y de la posibilidad de hacerse
una cirugía. Claro -recalca entre carcajadas-, cuando
su marido deje de ser Presidente. "Por mí, me
la haría ahora, pero los medios me van a matar…"
Se levanta al amanecer, casi al mismo tiempo que Kirchner,
y después de desayunar liviano -té y frutas-,
comentar las noticias del día y enojarse por los
artículos críticos de los diarios, se dedica
a dar largas caminatas por el inmenso jardín de la
residencia, acompañada de una entrenadora personal
que regula sus pasos y trotes rápidos.
–¿Qué quieren? ¿Que hagamos
el amor al aire libre y así se convencen de que no
estamos separados? –dice, espantando rumores de distancias
o peleas maritales.
Por: Olga Wornat | Fotos: Cedoc y Gentileza
Editorial Planeta.
|