Año XXII
Nº 1503 del 15-10-2005
Publicación semanal de Editorial Perfil

 
Hoy está en campaña con Kirchner, el segundo. Se casaron tras seis meses de noviazgo. Caferatta no logró reconquistarla.
 
Mamá Ofelia. La madre de Cristina tiene genes alemanes y carácter fuerte como ella. La Primera Dama no quiere que hable con nadie. Tienen una relación con altibajos.
 
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  Fe y razón
  Las revelaciones menos pensadas
  Políticos que se contactan con la Virgen, empresarios que hacen retiros espirituales y consultan a rabinos antes de tomar una decisión, y científicos que ven fantasmas. Historias de fe contadas por intelectuales.
 

Tengo nombre de reina, sabés. Acevedo, el gobernador de Santa Cruz, siempre me lo dice. Y la verdad, me gusta…", dijo Cristina Fernández con gracioso candor.
Conversábamos en el bar del hotel Quinta Real, de Monterrey, en el norte de México, en la última cumbre de presidentes. Fue a comienzos del 2004 y, por ética profesional, le comenté que estaba trabajando en un libro sobre su vida y que quería entrevistarla. Hizo silencio y abrió muy grandes sus ojos.
Conozco a Cristina desde hace tiempo. En La Plata, a mediados de la década del ’70, cuando llegué a la Universidad, como ella, con la ilusión de cambiar el mundo. La recuerdo con su andar garboso, su cabello abundante, castaño oscuro, lacio y largo, botas altas y minifaldas; taconeando los angostos pasillos de la Facultad de Derecho de la calle 7. No había un tipo que no diera vuelta la cabeza para mirarla o decirle un piropo. Era altiva, bella y batalladora.

El estilo. "Parecía muerta, te juro. Cuando estaba en la sala de operaciones del hospital, toda destruida, lo único que dije fue: tráiganme un espejo, quiero un espejo. Qué loca, el médico no entendía de qué le hablaba. Yo lo único que quería ver era cómo me quedó mi cara y me había salvado de casualidad."
–Señora, está muy linda, no se preocupe. Sólo tiene un golpe fuerte a la altura del ojo izquierdo.
Cristina recuerda sus miedos y al mismo tiempo la respuesta que le dio el médico. Eran los días previos al 26 de julio de 1982 y venía de realizar una pegatina por el acto de homenaje a Evita. El accidente lo protagonizó manejando su auto por las calles congeladas y resbalosas de Río Gallegos. Una maniobra en falso, un volantazo, una feroz patinada y la oscuridad total luego del estruendo del choque. No recuerda más, sólo que en el hospital pedía un espejo.

Los rastros se reflejan apenas en su rostro. Una pequeñísima cicatriz que, de perfil, se advierte si se la mira de cerca, pero que no es nada en relación con la violencia del accidente. Me muestra la línea casi imperceptible y habla de corregirla alguna vez.
Cuando se siente cómoda frente a otra mujer, la senadora no tiene pudor para hablar de cuestiones femeninas: de su pánico a las arrugas y de la posibilidad de hacerse una cirugía. Claro -recalca entre carcajadas-, cuando su marido deje de ser Presidente. "Por mí, me la haría ahora, pero los medios me van a matar…" Se levanta al amanecer, casi al mismo tiempo que Kirchner, y después de desayunar liviano -té y frutas-, comentar las noticias del día y enojarse por los artículos críticos de los diarios, se dedica a dar largas caminatas por el inmenso jardín de la residencia, acompañada de una entrenadora personal que regula sus pasos y trotes rápidos.

–¿Qué quieren? ¿Que hagamos el amor al aire libre y así se convencen de que no estamos separados? –dice, espantando rumores de distancias o peleas maritales.

Por: Olga Wornat | Fotos: Cedoc y Gentileza Editorial Planeta.

 

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