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No pasa mucho tiempo y Tosca regresa para arrojarse al vacío
en el último instante. Las escenografías,
las luces, el vestuario y, en general, las puestas van cambiando.
Pero los que permanecen invariables son la música,
el texto y la imagen de teatro atiborrado que, como una
constante, acompaña a cada presentación de
esta obra de Puccini, sin lugar a dudas, una obra maestra
cuya construcción dramática y musical la convierten
en una de las óperas más amadas. Es tan poderoso
el imán de la historia y tan cinematográfica
su construcción que "Tosca" debe ser una
de las pocas óperas que no exige ningún componente
de "actualización" por parte de un regisseur
que pueda intuir que el argumento va cayendo en alguna vetustez.
Haydée Dabusti tuvo su noche de gloria, recogiendo
en el final una salva de aplausos impresionante. En realidad,
había hecho méritos suficientes para tal cosecha,
con un trabajo sólido, basado en una voz firme, amplia,
bien timbrada y afinada cada vez que tuvo un aria o un dúo
de gran intensidad frente a sí. Sin embargo, se la
notó mucho menos convincente en las escenas de monólogos
y diálogos en los cuales lo más importante
es el texto que el gran canto y en ellos su voz pierde consistencia.
Darío Saiegh había construido un Cavaradossi
estable, enérgico y bien actuado y tuvo un único
momento de quiebre vocal en el final de "E lucevan
le stelle", con una exageración expresiva que
desembocó en un final poco feliz. Ricardo Ortale,
por su parte, cantó correctamente y sobreactuó
un tanto los aspectos libidinosos de Scarpia, sin alcanzar
a desarrollar el perfil de sádico refinado que tiene
este personaje abyecto.
Correcta fue la dirección de Russo y la orquesta
no pudo evitar algunas desafinaciones y desajustes en el
último acto. Más allá de estas observaciones,
después del salto al vacío de Tosca, las tensiones
acumuladas encontraron su vía de escape en un aplauso
generoso a toda la compañía. Aunque la palma
de oro se la llevó Dabusti. l
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