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Año XXII
Nº 1506 del 04-11-2005
Publicación semanal de Editorial Perfil

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Admirable juego teatral muy bien interpretado por los actores.
 
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  TEATRO
  Lejana tierra mía
  "Los hijos de los hijos", de Inés Saavedra. Con Ricardo Merkin, Susana Pampín y Marcelo Xicarts. Dirección: Inés Saavedra y Damián Dreizik. La Maravillosa, Medrano 1360. Reservas: 4862-5458.
 
 

* * * *
Inés Saavedra es una de las personalidades más destacadas en el circuito no comercial -under, off o como quiera llamárselo- de las salas porteñas. Cuenta en su haber con dos puestas memorables, en este mismo ámbito (el Taller La Maravillosa, un caserón de comienzos del siglo XX, bien de barrio), ambas sobre textos de Silvina Ocampo: "Cortamosondulamos" y "Divagaciones". Aborda ahora, en clave bien diferente, un tema que nos es caro: la inmigración europea que desde 1870, aproximadamente, hasta 1920, y luego, con renovado ímpetu, tras la Segunda Guerra Mundial, dio a nuestra sociedad un sello integrador y cosmopolita particular.
Como no podía esperarse menos de la dramaturga y directora, su enfoque no es el convencional. Procura despojar a la inmigración de su acostumbrada pátina sentimental para apoyarse, más bien, en los azares de una aventura con final incierto: desarraigarse, cortar lazos afectivos, enfrentar las alternativas de un largo viaje por mar que distaba de ser placentero, insertarse en una sociedad no siempre bien dispuesta a admitir a extraños. En vez de remitirse a los bisabuelos, Saavedra habla de los nietos (de ahí el título) y de su empeño por mantener tradiciones ancestrales, ajenas a un contexto actual donde, globalización mediante, en todo Occidente los matices étnicos se pierden en aras de la uniformidad impuesta por el poder económico.
Aquí se trata de un trío de comediantes, una mujer y dos hombres, encargados de animar las veladas de un restaurante étnico con música, canciones y recitados gallegos. Hay humor irónico en el tratamiento de los personajes, pobres cómicos de la legua, sometidos a las exigencias del mercado, capaces de tomarse en serio su encarnación de prototipos "for export" y, a la vez, evocar las andanzas de sus abuelos, entre patéticas y cómicas, y en una sola ocasión -el recitado de los hermosos versos de Rosalía de Castro- nostálgicas. La puesta saca partido del limitado espacio de La Maravillosa y, con destreza, convierte el improvisado escenario en el depósito de mercaderías de la fonda, o en un barco zarandeado por una feroz tormenta en alta mar (son increíbles los consejos provistos, para esas ocasiones, por una cartilla -auténtica- destinada a los inmigrantes). Cuenta para ello con el aporte de los tres actores excelentes, capaces de ser gallegos o judíos, según lo pida el libreto. l

   
 

Por: Ernesto Schoo | Foto: Gentileza La Maravillosa.

 

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