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Inés Saavedra es una de las personalidades más
destacadas en el circuito no comercial -under, off o como
quiera llamárselo- de las salas porteñas.
Cuenta en su haber con dos puestas memorables, en este mismo
ámbito (el Taller La Maravillosa, un caserón
de comienzos del siglo XX, bien de barrio), ambas sobre
textos de Silvina Ocampo: "Cortamosondulamos"
y "Divagaciones". Aborda ahora, en clave bien
diferente, un tema que nos es caro: la inmigración
europea que desde 1870, aproximadamente, hasta 1920, y luego,
con renovado ímpetu, tras la Segunda Guerra Mundial,
dio a nuestra sociedad un sello integrador y cosmopolita
particular.
Como no podía esperarse menos de la dramaturga y
directora, su enfoque no es el convencional. Procura despojar
a la inmigración de su acostumbrada pátina
sentimental para apoyarse, más bien, en los azares
de una aventura con final incierto: desarraigarse, cortar
lazos afectivos, enfrentar las alternativas de un largo
viaje por mar que distaba de ser placentero, insertarse
en una sociedad no siempre bien dispuesta a admitir a extraños.
En vez de remitirse a los bisabuelos, Saavedra habla de
los nietos (de ahí el título) y de su empeño
por mantener tradiciones ancestrales, ajenas a un contexto
actual donde, globalización mediante, en todo Occidente
los matices étnicos se pierden en aras de la uniformidad
impuesta por el poder económico.
Aquí se trata de un trío de comediantes, una
mujer y dos hombres, encargados de animar las veladas de
un restaurante étnico con música, canciones
y recitados gallegos. Hay humor irónico en el tratamiento
de los personajes, pobres cómicos de la legua, sometidos
a las exigencias del mercado, capaces de tomarse en serio
su encarnación de prototipos "for export"
y, a la vez, evocar las andanzas de sus abuelos, entre patéticas
y cómicas, y en una sola ocasión -el recitado
de los hermosos versos de Rosalía de Castro- nostálgicas.
La puesta saca partido del limitado espacio de La Maravillosa
y, con destreza, convierte el improvisado escenario en el
depósito de mercaderías de la fonda, o en
un barco zarandeado por una feroz tormenta en alta mar (son
increíbles los consejos provistos, para esas ocasiones,
por una cartilla -auténtica- destinada a los inmigrantes).
Cuenta para ello con el aporte de los tres actores excelentes,
capaces de ser gallegos o judíos, según lo
pida el libreto. l
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