| Según las siempre
confiables encuestas de opinión, la Argentina es el país
más antiyanqui de América latina, lo que es mucho
decir. Y de todos los presidentes estadounidenses recientes, George
W. Bush es el más odiado, motivo por el que quienes lo
invitan a visitarnos tienen que asegurarle que la ciudad anfitriona
se parecerá a una fortaleza. Es que para muchos el tejano
encarna el mal. Los hay, como Elisa Carrió, una dama moderada,
que hace un par de años juró creerlo un clon de
Adolf Hitler. Por fortuna, exageran: de disponer un Hitler redivivo
de la mitad del poder norteamericano actual, todos sus críticos
ya estarían en campos de concentración. Así
y todo, era natural que al acercarse la hora fijada para su arribo
el país se calentara, razón por la que los más
dieron por descontado que el estallido de furia protagonizado
por izquierdistas en Haedo tuvo que ver con la proximidad de Bush,
que en el fondo el blanco de la ira de los participantes no eran
los trenes sino el saber que un sujeto tan nefasto estaba por
pisar el suelo patrio. Claro, sólo una minoría hace
de su inquina hacia Bush la razón principal de su vida,
pero esto no es óbice para que escaseen los comunicadores
locales que se resistan a tratarlo como si a su entender fuera
un bufón maligno, un analfabeto que merced a la estulticia
de sus compatriotas, tan torpes ellos, se las ingenió para
erigirse en el hombre más poderoso del universo conocido.
Ya que los argentinos tienen menos motivos concretos que otros
latinoamericanos para pensar mal de los Estados Unidos, hay que
buscar las raíces de su hostilidad en las honduras del
psique colectivo, en la conciencia de que a juicio de millones
de personas desparramadas por el mundo la superpotencia simboliza
el éxito y la Argentina el fracaso. Manejar la diferencia
colosal así reflejada no es del todo fácil para
los habitantes de un país en el que hasta hace muy poco
los más creían que el futuro les sería bondadoso,
mientras que es del interés de las elites que son responsables
del gran desaguisado nacional atribuirlo a la maldad sin límites
de los Estados Unidos, sentimiento éste que está
compartido por izquierdistas que aún están de luto
por la muerte súbita de tantas dictaduras comunistas sanguinarias,
centristas que sueñan con un mundo menos competitivo y
derechistas que no perdonan a los artífices de la Reforma
protestante. También está difundida la noción
de que los Estados Unidos debería haber hecho más,
mucho más, por impedir la implosión de 2001 y 2002:
se imagina que, puesto que Carlos Menem hizo de la Argentina un
cliente del imperio, le correspondió a éste subsidiarla
cuando todo se venía abajo. Es factible que Bill Clinton
hubiera intentado hacerlo, pero como tantos otros norteamericanos,
Bush cree en la autoayuda.
A juzgar por su retórica, en este ámbito por lo
menos el presidente Néstor Kirchner piensa del mismo modo
que Bush, de ahí su deseo de "desendeudarse"
del FMI y sus ataques al organismo por haber prestado plata a
la Argentina cuando Menem y Fernando de la Rúa estaban
en el poder. Por lo tanto, a pesar de sus pretensiones centroizquierdistas,
Kirchner encontró un aliado en el mandatario norteamericano
que por su parte elogia su forma heterodoxa de negociar con los
tecnócratas del Fondo. Lo entienda o no el santacruceño,
los "neoliberales" desprecian al FMI tanto como los
"progresistas", o más, porque en su opinión
tiene la pésima costumbre de tratar de impedir que los
mercados castiguen a quienes se comportan de manera irresponsable
con la brutalidad debida.
Bush podría cambiar de opinión en el caso de que,
como algunos agoreros prevén, la economía estadounidense
se desplomara bajo el peso de los déficit gemelos gigantescos,
el fiscal y el comercial, que su administración ha acumulado,
pero en vista de que los chinos y otros asiáticos ahorrativos
dependen tanto del insaciable consumidor norteamericano, es factible
que siga desafiando las reglas que otros no tienen más
opción que respetar. Es de esperar que esto suceda: si
no fuera por el dinamismo insolente de los Estados Unidos que
continúa ampliando la brecha ya notable que lo separa de
la Unión Europea, la Argentina ni siquiera hubiera comenzado
a levantar cabeza después de la paliza que recibió
casi cinco años atrás.
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