Año XXII
Nº 1506 del 04-11-2005
Publicación semanal de Editorial Perfil

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¿San Bush? Para muchos, el presidente norteamericano encarna el mal. Es el más odiado en la Argentina, el país más antiyanqui de América Latina.
 
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Según las siempre confiables encuestas de opinión, la Argentina es el país más antiyanqui de América latina, lo que es mucho decir. Y de todos los presidentes estadounidenses recientes, George W. Bush es el más odiado, motivo por el que quienes lo invitan a visitarnos tienen que asegurarle que la ciudad anfitriona se parecerá a una fortaleza. Es que para muchos el tejano encarna el mal. Los hay, como Elisa Carrió, una dama moderada, que hace un par de años juró creerlo un clon de Adolf Hitler. Por fortuna, exageran: de disponer un Hitler redivivo de la mitad del poder norteamericano actual, todos sus críticos ya estarían en campos de concentración. Así y todo, era natural que al acercarse la hora fijada para su arribo el país se calentara, razón por la que los más dieron por descontado que el estallido de furia protagonizado por izquierdistas en Haedo tuvo que ver con la proximidad de Bush, que en el fondo el blanco de la ira de los participantes no eran los trenes sino el saber que un sujeto tan nefasto estaba por pisar el suelo patrio. Claro, sólo una minoría hace de su inquina hacia Bush la razón principal de su vida, pero esto no es óbice para que escaseen los comunicadores locales que se resistan a tratarlo como si a su entender fuera un bufón maligno, un analfabeto que merced a la estulticia de sus compatriotas, tan torpes ellos, se las ingenió para erigirse en el hombre más poderoso del universo conocido.
Ya que los argentinos tienen menos motivos concretos que otros latinoamericanos para pensar mal de los Estados Unidos, hay que buscar las raíces de su hostilidad en las honduras del psique colectivo, en la conciencia de que a juicio de millones de personas desparramadas por el mundo la superpotencia simboliza el éxito y la Argentina el fracaso. Manejar la diferencia colosal así reflejada no es del todo fácil para los habitantes de un país en el que hasta hace muy poco los más creían que el futuro les sería bondadoso, mientras que es del interés de las elites que son responsables del gran desaguisado nacional atribuirlo a la maldad sin límites de los Estados Unidos, sentimiento éste que está compartido por izquierdistas que aún están de luto por la muerte súbita de tantas dictaduras comunistas sanguinarias, centristas que sueñan con un mundo menos competitivo y derechistas que no perdonan a los artífices de la Reforma protestante. También está difundida la noción de que los Estados Unidos debería haber hecho más, mucho más, por impedir la implosión de 2001 y 2002: se imagina que, puesto que Carlos Menem hizo de la Argentina un cliente del imperio, le correspondió a éste subsidiarla cuando todo se venía abajo. Es factible que Bill Clinton hubiera intentado hacerlo, pero como tantos otros norteamericanos, Bush cree en la autoayuda.
A juzgar por su retórica, en este ámbito por lo menos el presidente Néstor Kirchner piensa del mismo modo que Bush, de ahí su deseo de "desendeudarse" del FMI y sus ataques al organismo por haber prestado plata a la Argentina cuando Menem y Fernando de la Rúa estaban en el poder. Por lo tanto, a pesar de sus pretensiones centroizquierdistas, Kirchner encontró un aliado en el mandatario norteamericano que por su parte elogia su forma heterodoxa de negociar con los tecnócratas del Fondo. Lo entienda o no el santacruceño, los "neoliberales" desprecian al FMI tanto como los "progresistas", o más, porque en su opinión tiene la pésima costumbre de tratar de impedir que los mercados castiguen a quienes se comportan de manera irresponsable con la brutalidad debida.
Bush podría cambiar de opinión en el caso de que, como algunos agoreros prevén, la economía estadounidense se desplomara bajo el peso de los déficit gemelos gigantescos, el fiscal y el comercial, que su administración ha acumulado, pero en vista de que los chinos y otros asiáticos ahorrativos dependen tanto del insaciable consumidor norteamericano, es factible que siga desafiando las reglas que otros no tienen más opción que respetar. Es de esperar que esto suceda: si no fuera por el dinamismo insolente de los Estados Unidos que continúa ampliando la brecha ya notable que lo separa de la Unión Europea, la Argentina ni siquiera hubiera comenzado a levantar cabeza después de la paliza que recibió casi cinco años atrás.

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