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Alberto y Vilma. "¡Te agarraron!", se le
rió Kirchner en el teléfono a Alberto Fernández
cuando una revista publicó que Vilma Ibarra y él
tenían algo más que un armado político
para las elecciones en Capital a Jefe de Gobierno. Alberto
atajó las gastadas como pudo pero no era necesario
disimular con el jefe. Todavía no había terminado
el 2003 y alguien los había visto a Alberto y a Vilma
tomando un café intenso en Molliere, bar clásico
de San Telmo no apto para hombres casados que comparten
cafés intensos con mujeres separadas. Ese día
se fueron juntos en el Megane azul de él. Podía
tratarse de una reunión política. Pero era
viernes, era de noche y ahí había amor.
Ella era la chica linda en los tiempos de "la Fede"
y el mito de su belleza la siguió por el Partido
Comunista y el Frepaso. Los que no quieren a Alberto juran
que ya en las sesiones que compartió con Vilma en
la Legislatura porteña -ella en su banca de chica
progre, y él en su banca de justicialista de Capital
que logró un lugar en la lista de Cavallo-, el ahora
jefe de Gabinete había muerto por los ojos y la garra
de Vilma. Él tuvo que pasar de raso diputado porteño
a mano derecha de Kirchner para conquistarla. Ella ya era
senadora y juntos planificaron la ayuda que el recién
asumido Gobierno nacional le daría a Aníbal
Ibarra para ser reelecto en Capital.
Desde entonces fue todo vertiginoso. Encuentros de medianoche
en bares como "Concepto Índigo", en Belgrano,
y el café restó "Público",
de Palermo Soho. Ya separado de su esposa, se mudó
de su casa de Callao a otra en Puerto Madero. Allí
también tienen su lugar preferido. Cualquiera puede
verlos con cara de cansados pero felices en "i"
fresh market. Para reuniones privadas, ya sea políticas
o de amor, encontraron un departamento en la calle Rivadavia,
cerca del Congreso.
Isabel y Mauricio. Dicen que el segundo matrimonio siempre
funciona mejor que el primero, porque no se busca como pareja
a un contrario sino a alguien afín. Mauricio Macri
parece no ser muy fan de las fórmulas de autoayuda:
en el `91, al poco tiempo de separarse de Yvonne Bordeu,
con quien tuvo sus tres hijos -Agustina, Gimena y Francisco-
conoció a Isabel Menditeguy. Se casaron casi en secreto
en 1993. Ella, con el tiempo, se fue convirtiendo cada vez
más en su antítesis.
Mientras Macri aumentaba su exposición y saltaba
de la presidencia de Boca a la carrera política,
Isabel se pasaba recluida, estudiando para terminar la carrera
de Ciencias Políticas en la Universidad de San Andrés,
primero, y la maestría en Ciencias Históricas
de la Universidad Torcuato Di Tella, después. Mientras
él se sacaba fotos en cuanto parador había
en Punta del Este, ella refunfuñaba. Isabel quería
dejar bien enterrada su etapa de modelo de la agencia Elite
-aunque no así la obsesión por el cuerpo y
las cirugías-, se escondía en Manantiales
por fobia a las fotos y soñaba con estar en algún
paraje inhóspito del sur argentino.
El propio Macri supo decirle a NOTICIAS: "Ella se casó
con un tipo que ni siquiera era presidente de Boca, y era
un empresario que tenía una vida privada bastante
discreta y corriente y que de pronto se sube a un cohete,
todo lo contrario de lo que ella quisiera".
Dicen que el poder seduce y que a las mujeres las erotiza.
"El poder es una muestra de virilidad -asegura Goldberg-
pero también es cierto que no se puede sostener tanto
a una pareja desde el poder. Son hombres que no pueden contener
como pretende una mujer". O sea: un poco de poder,
está bien. Mucho poder, es un problema. Algo que
advertía Isabel cuando trataba de desalentar a Mauricio
en su candidatura presidencial. Le decía: "Sos
demasiado inocente, las cosas no son como vos creés,
te van a destrozar". Pero él siguió.
Y su mujer, quizás resignada, decidió ayudarlo,
y le organizó reuniones con Torcuato Di Tella para
cultivarlo un poquito sobre historia y peronismo (aunque
Macri sigue diciendo que no le pidan que cabecee, que no
es analista político). Y él siguió.
Pero ahora sin ella. Dijimos, no se puede ser exitoso en
todo.
¿Amor o poder? A Isabel y Mauricio ya no los verán
juntos, destilando glamour. Siempre lindos, siempre correctos,
siempre exitosos. Pero con la cuota de misterio necesaria.
No. Los admiradores de celebridades se han quedado sin su
pareja perfecta. Aunque, quién sabe, haya una nueva
reconciliación: la primera fue en el `97, en Europa.
Él la reconquistó con ese viaje. Tal vez Mauricio,
que ahora está en Barcelona con su hija mayor, Agustina,
ya esté pensando en preparar la botellita de champán
para recobrar el amor en otro destino pomposo.
A Alberto y Vilma no los verán en fotos, iluminados
y luminosos, vestidos de fiesta en una gala a beneficio.
No. Ellos son como la segunda parte, veinte años
después, de las parejas de militantes universitarios,
del chico pensante con la intelectual más linda de
aquellos románticos ’70. Algo desaliñados,
fanáticos de la política hasta el aburrimiento.
Pero con amor. Y por ahora lo festejan, cerveza de por medio,
en los bares porteños. l
Por: Luciana Geuna y Fernanda Nicolini
| Fotos: cedoc.
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