| Andrea D’Arza
se le notaba en la cara que estaba pasando por una semana difícil.
Se subió a un taxi con cara de haber dormido poco y discutido
mucho con su marido, Rafael Bielsa. El chofer que la pasó
a buscar sabía que ella es la mujer del ex canciller y
del que fue primer candidato a diputado del oficialismo por la
Capital. Eran más de las doce del miércoles 7. El
día anterior, apenas una horas antes de que todos los nuevos
diputados asuman sus bancas, Bielsa había anunciado en
una Conferencia de Prensa junto a Alberto Fernández, que
le cedería su lugar a Claudio Morgado y que él sería
el nuevo Embajador en Francia. El taxista, uno más de los
más de cuatrocientos mil votantes de Bielsa en las últimas
elecciones, no pudo evitar la tentación y descargó
la furia por su voto perdido. Andrea escuchó callada el
arranque del hombre que dijo sentirse traicionado. "¿No
quiere que lo grabe y después se lo muestro a mi marido?",
le propuso. Respondió que sí. El taxista se esforzó
por hablar fuerte y claro. Y dijo: que él había
votado a Bielsa, que había confiado en él y que
ahora estaba desilusionado y enojado. Andrea se bajó del
auto con el grabador en la mano y salió casi corriendo
a mostrárselo al ex canciller. Él sintió
que ya era suficiente. Hacía un rato, una mujer embarazada
le había enrostrado falta de humanidad: "Sos una mala
persona", escuchó.
Mal dormido y arriesgado, estaba atardeciendo el miércoles
cuando decidió ir a visitar a Alberto Fernández.
Llamó por teléfono, avisó que iría
a su despacho y se juntó con él después de
las cinco de la tarde. Apenas se vieron le anunció su inmolación
política: no se subiría a ningún avión
que lo deje en las poéticas calles de París. Él,
que ya no era Canciller, que llevaba dos días como ex diputado
electo, tampoco sería Embajador. El ofrecimiento le había
traído problemas en la casa, problemas en la calle y problemas
con su moral. Bielsa le dijo al jefe de Gabinete que quería
recuperar la felicidad y la banca en el Congreso. Se lo notaba
turbado y convincente, pero eso no fue suficiente para Fernández,
que hasta seis minutos antes del comienzo de la conferencia de
prensa de Bielsa, se dedicó a llamar a periodistas desmintiendo
la verdad.
Los planes. En palabras diplomáticas, el jefe de Gabinete
le dijo que no compartía su análisis, pero que lo
comprendía. No imaginó que mientras conversaban,
amigos del ex Canciller ya habían reservado una sala de
prensa en el Sheraton Park Tower para que él diera, apenas
acompañado por su mujer, una tensa conferencia anunciando
su renuncia. Kirchner supo de "los vaivenes propios de un
individuo que se cuestiona moralmente" –así
justificó Bielsa su decisión- pero prefirió
no escucharlo. "Me voy a reunir con el Presidente en el mismo
instante en que me llame", dijo en el Sheraton y reconoció
que le dejó una carta a su nombre en el despacho de Fernández.
Un día después, su teléfono no había
sonado pero kirchneristas fanáticos como Osvaldo Nemirovsci,
Luis D’Elía y Miguel Angel Pichetto salieron a defenestrarlo
en los medios.
La noche del miércoles, los gestos de Bielsa mostraron
que le costaría salir de esta depresión. Después
de las elecciones, su destino se había convertido en una
ruleta en movimiento. Un diputado de llegada directa al despacho
de Alberto Fernández dijo a NOTICIAS que desde el 23 de
octubre, le habían anunciado a Bielsa que no se sentaría
sobre su banca en Diputados. No fue a ninguna de las reuniones
que Agustín Rossi, el flamante jefe de bloque organizó
para los nuevos diputados y no hizo nada para pelear cargos en
las comisiones. Aunque él mismo y su entorno se encarguen
de negarlo, el ex canciller esperaba en su casa el llamado que
le confirme su pase al Ministerio de Justicia o a la Corte Suprema.
En el Gobierno no pensaron lo mismo. La campaña y el período
post electoral terminaron de convencer al Presidente que Bielsa
podría convertise en un nuevo Beliz, que huiría
de la función pública con denuncias y a los gritos.
Había antecedentes. El sábado 26 de noviembre, Bielsa
bajó del avión que lo traía de su viaje a
China, llegó a su casa, se vistió con ropa fresca
e informal y decidió salir con su mujer a cenar a Puerto
Madero. Cualquier funcionario K conoce el rigor del Presidente
con los que no cumplen la orden de ser cautos con la prensa. Esa
noche Kirchner se lo recordó a Bielsa. En el medio de la
comida, lo llamó al celular cuestionándole algunas
declaraciones en off sobre la posible renuncia de Roberto Lavagna.
En ese momento, el todavía Canciller perdió la diplomacia.
Gritó mientras pudo que no aguantaba más tanta presión
y colgó el celular. Cinco días después, el
jueves 1º, tras la asunción de los nuevos ministros,
Kirchner lo citó en su despacho y le ofreció la
Embajada de Francia.
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