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En su tercera temporada, "Operación Triunfo"
parece haber alcanzado la velocidad de crucero. El reality
donde un grupo de jóvenes compiten por convertirse
-previo entrenamiento y voto del público mediante-
en estrellas de la canción es a esta altura un formato
que la producción domina y al que sabe sacarle el
jugo. Entre diez mil candidatos que se presentaron al casting,
fueron elegidos los veintiuno participantes que el 5 de
diciembre último se presentaron en la primera "gala",
el show donde semanalmente los alumnos de la Academia muestran
sus progresos y se exponen al juzgamiento y las nominaciones
emitidas por un jurado de especialistas. Los chicos habían
comenzado el entrenamiento el 24 de noviembre, bajo las
directivas de los docentes (Rodolfo Vals, Sebastián
Mellino, Rubén Goldín, Guadalupe Vidal del
Carril y la directora de la Academia, Marcela Paoli) y en
la noche del debut, recibieron la visita de Ricky Martin,
en vivo, y los saludos grabados de Shakira y Chayanne, entre
otros famosos. Fue un modo de sumarle brillo a un ciclo
de cuidada puesta en escena y escenografía convincentes.
En el superpoblado mundo del reality-show, "Operación
Triunfo" tiene una ventaja: si bien en fidelidad al
género, apuesta a crear celebridades, obliga a los
participantes a realizar un aprendizaje. Sabido es que el
carisma es fundamental para ganarse los favores de los espectadores.
Pero, con independencia de esa característica que
la naturaleza reparte a su antojo entre la gente, en este
reality todos los jóvenes deben transitar el duro
camino del entrenamiento. Además, el hecho de que
las nominaciones surjan del jurado, tras evaluar los progresos
de cada quien, promueve la valoración del esfuerzo.
La decisión final la tendrá el público,
es cierto. Pero lo hará entre aquellos que, según
los especialistas en materia musical, hayan alcanzado el
mejor desempeño.
La versión 2005 muestra progresos en algunos aspectos.
Al menos hasta la tercera gala (excepcionalmente se emitió
en día martes), el programa ha tenido el acierto
de evitar la exacerbación de las emociones; es de
desear que a medida que transcurran las expulsiones de la
Academia, siga resistiendo a la tentación de la sensiblería.
Marcela Paoli, por su parte, bajó el nivel de histrionismo
-que en el 2003, había explotado a tope jugándola
de maestra estricta y al año siguiente, de compinche
de sus alumnos-, actitud que redunda en beneficio del producto.
La duración de cada entrega, en cambio, sigue siendo
un punto débil. Por muy interesado que esté
el público en las alternativas del concurso, las
tres horas de la tercera gala, por caso, resultaron un exceso
evitable. l
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