Año XXII
Nº 1514 del 31-12-2005
Publicación semanal de Editorial Perfil

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Rey y Dama. A Cristina no le falta idoneidad, pero se envicia el clima político porque es la cónyuge del Presidente.
 
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  El grito sagrado como remedio para mecanismos democráticos débiles. Cuando la presión de la gente se pone por encima de las estructuras.
 

Los entendidos llaman lo que está haciendo el gobierno del presidente Néstor Kirchner "el proyecto". Lo mismo que el malhadado "proceso" militar de los años setenta, se trata de una empresa retrógrada disfrazada de un intento de transformar la Argentina en un "país normal". Es de suponer que, al igual que los militares en aquella oportunidad, los kirchneristas toman en serio su propia retórica pero que, al darse cuenta de que reinventar el país no es tan fácil como imaginaban, se han convencido de que ha llegado la hora de aplastar o neutralizar los últimos focos de resistencia al "proyecto" que está en marcha. Por cierto, desde las elecciones legislativas de octubre pasado en las que según sus propios cálculos el oficialismo se anotó el cuarenta por ciento de los votos, los kirchneristas ni siquiera se esfuerzan por ocultar sus ambiciones. Aún no dominan por completo el Congreso pero, con la ayuda de gobernadores provinciales que dependen de su relación con el presidente de turno, estarán en vías de lograrlo. Aspiran a manejar la economía con arengas cuartelarias, acuerdos pactados en un clima de intimidación y, claro está, anuncios rimbombantes. Asimismo, avanzan sobre la Justicia con el propósito, dicen los muchos que temen al unicato, de avasallarla.
Si bien nadie ignora que "el proyecto" kirchnerista está en una fase expansiva, experimentó un revés acaso pasajero al elegir sus diputados postergar el debate acerca de la reforma del Consejo de la Magistratura, aunque sólo fuera porque a raíz de las fiestas de fin de año no pudieron alcanzar el número que les hubiera permitido imponerse tal y como hicieron cuando era cuestión de colmar al Presidente de poderes de emergencia económicos. Con todo, merced en buena medida a la combatividad de Cristina de Kirchner que quiere reducir de veinte a trece el número de miembros del Consejo, un cambio que según muchos facilitaría su virtual incorporación al oficialismo, además de los contras de siempre como Elisa Carrió se le opuso una multitud de agrupaciones conformadas por abogados y juristas, incluyendo a algunas que por lo común apoyan al gobierno, que vieron en la reforma propuesta un intento desvergonzado por poner fin a lo que todavía queda de la independencia del Poder Judicial. Y como si esto no fuera más que suficiente, los kirchneristas se las arreglaron para echar de la Comisión de Justicia de la Cámara de Diputados al díscolo socialista Rubén Giustiniani para que Cristina de Kirchner tomara su lugar, una maniobra que ocasionó tanto escándalo que los responsables de urdirla tuvieron que dar marcha atrás y reponerlo.
Puesto que el traspié del Gobierno en Diputados se produjo entre Navidad y el Año Nuevo, sería prematuro tomarlo por un punto de inflexión, por el momento en el que los reacios a tolerar un nuevo régimen hegemónico por fin lograran disciplinar a los Kirchner para que en adelante traten a sus adversarios con un mínimo de respeto. Como siempre ocurre en política, el poder eventual del oficialismo de turno se verá determinado menos por su propio apego a la democracia que por la capacidad de los demás para impedir que crucen ciertos límites. En los países "normales", aquellos presidentes o primeros ministros que traten de extralimitarse serán refrenados por el oficialismo mismo por miedo a la reacción de la ciudadanía, pero en la Argentina aún son demasiados los de mentalidad caudillista que, si bien no lo confiesan, creen que lo que necesita el país es un "hombre fuerte", no instituciones menos precarias.
La Argentina dista de ser una dictadura, pero la agresividad de Néstor y Cristina de Kirchner asusta tanto a los opositores que algunos sospechan que quieren crear un régimen similar a los del duce italiano Benito Mussolini y hasta del Führer teutón Adolf Hitler. Según Elisa Carrió, la pareja presidencial es fascista, lo que, en vista de su entusiasmo por los montoneros, podría ser cierto. Comparte su opinión el ex mandatario Fernando de la Rúa que luego de ser blanco de una pesada broma presidencial aseveró que estamos en "los umbrales del fascismo". Por su parte, el ex diputado democristiano por Santa Fe, Alberto Natale, va más lejos aún: jura que lo que está ocurriendo se asemeja al "comienzo del nazismo" alemán cuando el régimen embestía contra sus presuntos enemigos "con intimidaciones, insultos, atacando a los medios de difusión y coartando la libertad de expresión". Como muchos otros, los tres temen que los Kirchner ya se hayan lanzado a una aventura autoritaria que con toda seguridad terminará muy mal, asestando al país una nueva frustración equiparable con la causada por el fracaso del gobierno de la Alianza radical-frepasista, aunque, con un toque de optimismo, prevén que en esta ocasión el desastre será más político que económico.

 

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