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Así, en la nueva fórmula, la velocidad o
energía de un agente móvil se incrementa en
función de la riqueza de su historial de contactos
sexuales, lo que, a su vez, aumenta la probabilidad de nuevos
encuentros ardientes.
Pero los investigadores tomaron una sabia precaución:
introdujeron un "factor de selectividad" que muestra
la probabilidad de que un contacto no termine en sexo. La
escala va del cero al uno. Las personas que no dejan títere
con cabeza tendrían selectividad nula (cero), mientras
que los más castos tendrían el valor de uno.
González comenta que "los datos empíricos
reales tanto para redes heterosexuales como homosexuales
corresponden a un valor aproximado de 0,9", lo que
significa que, en promedio, una persona debería interactuar
con diez personas (del sexo opuesto o del mismo sexo en
el caso de los gays) antes de terminar con una de ellas
en la cama. De todas formas, es probable que esas encuestas
"reales" se hayan realizado en grupos que transitaban
fases promiscuas de sus vidas, al punto que hay escasa representación
en las muestras de parejas fieles cuyos miembros no tienen
amantes, explica González.
Iluminados. La formulación de modelos matemáticos
permite iluminar otros aspectos curiosos de la sexualidad.
En su libro "Mathematics and Sex", Clio Creswell,
profesora de Matemáticas en la Universidad de Nueva
Gales del Sur, en Australia, se pregunta por qué
existen sólo dos sexos y no tres, cuatro o más,
lo que podría facilitar los encuentros heterosexuales.
Los argumentos de Creswell suenan inapelables: con dos sexos,
uno tiene la mitad de la población del planeta para
buscar pareja. Pero si hubiera tres sexos, la "oferta"
se ampliaría a las dos terceras partes de la población.
Y con cuatro sexos, se podría elegir a tres de cada
cuatro personas. Mayor variedad genética para combinar.
Sin embargo, revela Creswell, las ecuaciones que recrean
la dinámica de poblaciones demuestran que si un tercer
sexo "invadiera" a los dos existentes, lo más
probable es que terminaría reemplazando a alguno
de ellos para restablecer el juego de dos. "Así
lo muestran las matemáticas", asegura. Y habrá
que creerle.
Otros científicos, por su parte, recurrieron a los
números con el objeto de explicar por qué
para procrear se necesitan dos personas de distinto sexo
y no tres: por ejemplo, dos varones y una mujer, o viceversa.
En teoría, si el ménage-à-trois o el
"sexo triploide" fuera la norma reproductiva,
sería más difícil que una mutación
genética X se expresara en la descendencia, porque
se podría diluir mejor con los paquetes de ADN heredados
de los otros dos padres.
Pero la naturaleza tiene buenas razones para adoptar hábitos
sexuales más "conservadores". Un grupo
de físicos brasileños del Instituto de Física
de la Universidad Federal Fluminense, en Río de Janeiro,
aplicó un modelo matemático para demostrar
que las ventajas evolutivas de transmitir a la progenie
menos genes mutados, se desvanecerían frente al esfuerzo
de tener que reclutar tres individuos para consumar cada
acto sexual. Ninguna especie podría resistir esa
exigencia en el largo plazo, dictaminaron los números,
implacables.
La nueva fórmula que viene de Alemania suma elementos
para interpretar las redes de contactos sexuales y puede
aplicarse para estudiar la propagación de enfermedades
infecciosas. "Modelar un sistema donde la distribución
de parejas asemeje la distribución observada en la
realidad ha sido sin duda un gran reto para nosotros",
asegura González, satisfecha. Como en el sexo, a
veces lo que más cuesta es lo que más se disfruta.
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Por: Matías Loewy | Fotos: gentileza Marta
González y Cedoc. |