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¿Un testimonio político, un film de espionaje o
una reflexión sobre la violencia? Steven Spielberg eligió
moverse en aguas peligrosas. Durante los Juegos Olimpicos de 1972,
un comando palestino perteneciente a la organización terrorista
Septiembre Negro secuestró y luego ejecutó a 11
deportistas israelíes. Acá comienza una operación
secretísima, que es el nudo y el corazón de la película:
Avner, oficial de Inteligencia israelí, es convocado por
el jefe del Mossad para llevar a cabo una misión de la
que jamás nadie habrá oído hablar. Se trata
de reclutar a un equipo de profesionales listos para liquidar,
uno a uno, a todos los que intervinieron en la masacre de la Villa
Olímpica de Munich. Avner abandonará familia y hogar
y, por años, con su gente, recorrerá los cuatro
confines hasta ubicar a los responsables y eliminarlos. No es
tarea fácil. Habrá que mover dinero, influencias,
contactos y, de paso, toparse con algunos problemas de conciencia.
Por cada uno que matan, aparecen seis para reemplazarlos. Con
la primera víctima, Avner se siente mal. Después,
será casi una rutina, pero en esa tarea se va despersonalizando,
por momentos pierde identidad. El asesinato de la holandesa -una
asesina a sueldo que acaba de eliminar a un miembro del equipo-
es una muestra de severa crueldad. Las víctimas no lucen
como villanos y los miembros de la célula no paran de discutir,
pero jamás abandonan la misión. Spielberg juega
acá un ajedrez delicado y lo disfraza de thriller rotundo.
Sigue siendo todo un profesional. Condena la violencia pero estima
que Israel hizo lo que correspondía.
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