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En lo alto de la prodigiosa escalera diseñada por
Clorindo Testa, el enorme ámbito de la Ciudad Konex
es surcado sin cesar por ráfagas de vitalidad, de
alegría, de puro disfrute, siguiendo el desplazamiento
de los cuerpos en el espacio. Cuerpos jóvenes, ágiles,
inmunes a la ley de gravedad, o al cansancio. El espacio,
ese continuo que nos envuelve y nos condiciona, es el verdadero
protagonista de este bello espectáculo, mezcla de
circo, varieté, music-hall y hasta algo de teatro,
si cabe.
Imposible reseñar lo que ocurre allí, porque
pasa de todo y a una velocidad vertiginosa, sin pausa. De
pronto los intérpretes están volando, de pronto
se quedan inmóviles (un segundo, apenas), tirados
en la enorme pista, para al instante siguiente estar enroscados
en lo alto de un poste. Corren, saltan, se cruzan y entrecruzan
en el aire con exactitud pasmosa; o bailan, hacen saltos
mortales, giran locamente sin pisar el suelo, surgen de
trampas o se hunden en ellas. Y un pájaro loco, un
personaje extravagante y muy divertido, por completo surrealista,
entra y sale de jaulas improbables, aletea y grazna en torno
de la pista, persigue algo que está más allá
de él y de los espectadores.
Porque hay un trasfondo poético en este vaivén
incesante, subrayado por la música sugestiva. Una
poderosa energía emana de tanto y tan veloz movimiento,
que parece espontáneo y que, sin duda, ha sido orquestado
y disciplinado con rigor minucioso: energía que deriva
hacia el público, receptor entusiasta y asombrado
de esta forma de la felicidad. Ya Gerardo Hochman y sus
huestes han dado pruebas, muchas veces, de su inspiración,
su preparación física y su capacidad para
crear una atmósfera en la que los cuerpos superan
la pura destreza y abren perspectivas hacia otras formas
de expresión. Bastaría, como muestra, el tango
(a la manera de Piazzolla) bailado en la cuerda floja por
un intérprete cuya destreza y concentración
son no sólo admirables sino, simplemente, increíbles.
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