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El planteo de la historia es por demás convencional:
la chica pobre, de modales toscos, lenguaje empobrecido
y corazón inmenso se cruza con el chico rico y sensible,
que tiene tristeza. De allí en adelante, un amor
a primera vista al que mil y una dificultades intentarán
jaquear. Ella (Natalia Oreiro) se llama Esperanza Muñoz,
le dicen "Monita", es una boxeadora entrenada
por un novio vividor y acaba de lastimarse una mano, motivo
por el cual debe permanecer un tiempo fuera del ring. Él
(Facundo Arana) es Martín Quesada, un piloto de Fórmula
1 que lleva varios años alejado de las pistas a consecuencia
de un accidente, ha perdido a su mujer, y se metió
a empresario; ninguna de esas experiencias melló
su capacidad de empatía. Para muestra, los tres hermanitos
huérfanos de los que se hace cargo, para evitar que
los separen. La lesión lleva a Monita a buscar trabajo
y, como era de esperar, es conchabada en la empresa de Martín.
Con esa simplicidad argumental en cuanto al núcleo,
en la primera semana apostó a multiplicar las historias
paralelas. En ellas desfilan personajes estereotipados como
el primo vivillo y traidor (Marcelo Mazzarello consigue
componerlo con soltura), la novia interesada (Carla Peterson)
y los habitantes del conventillo, un ámbito que parece
de cartón y resulta inverosímil. En la pintura
de las gentes de extracción popular es donde más
débil aparece el guión. Se diría que
las construye con sólo dos recursos: comerse las
"eses" y tratarse a los gritos.
Por el lado del relato central, el atractivo está
garantizado. Como demostraron en la novela "Muñeca
brava", Oreiro y Arana tienen una química capaz
de engendrar delicias televisivas. l
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