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La idea de que "somos
lo que comemos" es muy vieja. Sin embargo, las dietas hipocalóricas
destinadas a mantener la salud y la silueta se convirtieron en
un boom recién entre las dos guerras mundiales. "Hace
apenas ochenta años -afirma Roxana Kreimer, autora de “Falacias
del amor”, en ‘Historia de las dietas’, la barriga
no era considerada un signo de insalubridad o de negligencia sino
una marca de riqueza, vigor y respetabilidad social. Nada resultaba
menos atractivo que una mujer huesuda, laxa, de rostro lánguido
y piernas de tero. Por entonces no se juzgaba la grasa como ‘inútil’
ni perniciosa, sino, por el contrario, como una evidencia de lozanía,
vialidad y holgada posición social."
Hoy, comer en demasía es considerado una adicción
que requiere un tratamiento tanto físico como psicológico.
En otro tiempo, sin embargo, era signo de opulencia económica.
La picaresca española muestra a más de un noble
venido a menos limpiando sus dientes con un palillo en la puerta
de su casa. Este acto, que hoy se consideraría una violación
salvaje a las leyes de la buena educación, era una forma
de dar a entender a los vecinos que se había comido en
abundancia, aunque no fuera cierto.
Hoy, lo light ha trascendido el ámbito estrictamente alimentario.
Se habla de actitudes light, de personalidades light, de pensamiento
light. El posmodernismo ha descremado hasta las pasiones. El yogur
con cero por ciento de grasa se ha superado a sí mismo
convirtiéndose en un símbolo de los tiempos que
corren. Desde las saludables gorditas de Rubens a las magras modelos
de las pasarelas, las calorías de las dietas han ido descendiendo.
Basta con comparar imágenes para comprobarlo. Una verdad
que cae por su peso.
La manzana del mundo. Pese a la globalización, en ciertos
aspectos el mundo está partido como una manzana, fruta
del pecado que, curiosamente, se recomienda en las dietas para
no pecar con el dulce de leche. Mientras una mitad siente un hambre
incomprensible para la otra mitad, la mitad próspera engorda
sin remedio.
En los Estados Unidos existían los productos light desde
mucho antes que en la Argentina se lanzara el yogur descremado
Yolanka y que la Tab se convirtiera en la vanguardia de las gaseosas
casi sin calorías. Sin embargo, en ese país la obesidad
es un flagelo cada vez más peligroso. En Europa, Alemania
enfrenta el mismo problema.
La bulimia y la anorexia son la contracara de la prosperidad y
el confort que han colmado las heladeras y promovido el sedentarismo.
Según Kreimer, estos trastornos alimentarios fueron desconocidos
hasta el siglo XX. Quizás sean la reacción ante
una contradicción imposible de resolver sin un fuerte sentimiento
de culpa: por un lado se ofrecen miles de platos tentadores. Por
otro, se propone un ideal estético que sólo puede
lograrse a fuerza de prescindir de ellos. "La práctica
habitual de comer con culpa –sostiene Kreimer– parece
heredar la impronta de otras culpas y otros ascetismos institucionalizados
por el dogma cristiano."
Nuestros antepasados homínidos, cazadores y recolectores,
no tenían problemas de obesidad. Proveerse el alimento
les demandaba tanto esfuerzo que las calorías que ingerían
ya las habían gastado por adelantado. Sus sucesores se
dedicaron a la agricultura y la ganadería. El esfuerzo
que les insumía alimentarse no era menor y, al igual que
sus antecesores, aunque de forma más atenuada, tenías
que enfrentar períodos de escasez. Por esta razón
"aprendieron" a acumular grasa para utilizarla en los
tiempos de poca ingesta. Los progresos en materia alimentaria
aseguraron la provisión constante. Pero, lamentablemente,
no desaprendimos lo aprendido en la Prehistoria: seguimos acumulando
grasas por si acaso algún día nos hicieran falta.
El desarrollo tecnológico terminó por desequilibrar
el balance de nuestros antepasados entre ingesta y gasto calórico.
Nos trasladamos en automóvil, manejamos ciertos artefactos
por control remoto, nos acostumbramos a las harinas, a los dulces
y a las comidas muy elaborados y nuestro esfuerzo físico
más grande suele consistir en ir "de la cama al living".
Así fue que comenzó la obesidad y sus nefastas consecuencias.
Y así fue también como tuvimos que recrear artificialmente
lo que la naturaleza les daba a nuestros antepasados. Por eso
inventamos cintas para caminar, bicicletas que no llevan a ninguna
parte y complicados aparatos para trabajar los músculos
que antes se movilizaban naturalmente cuando se perseguían
animales y se trepaba a los árboles.
Fue así también como la delgadez se convirtió
en un ideal que, no por inalcanzable para una buena parte del
planeta, dejó de merecer los mayores esfuerzos.
Antes la delgadez no era un requerimiento social, entre otras
cosas, porque la obesidad era poco frecuente. Por eso, algunas
tribus consideraron que la gordura era un atributo maravilloso
y la integraron como dogma estético, sobre todo para las
mujeres. Algunos caciques, por ejemplo, encerraban a sus esposas
en un corralito para que no gastaran calorías caminando
y las alimentaban hasta transformarlas en figuras dignas de Botero,
el pintor de las redondeces que, a contracorriente, reivindica
la opulencia corporal de hombres, mujeres y niños.
Esos tiempos han quedado definitivamente atrás. Hoy, la
obesidad no sólo preocupa a países como los Estados
Unidos, Alemania, Inglaterra, Suecia y Finlandia, sino también
a Francia, tradicionalmente un país reconocido por la calidad
de su gastronomía. El Gobierno francés está
interesado en reducir la obesidad tanto como los costos médicos
asociados a ella.
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