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Tómense cinco jóvenes, póngaselos a
declamar parlamentos cargados con la palabra "sueños",
abandóneselos a su suerte sin brújula narrativa
pero aclarando siempre que están apasionados por
la música y póngaselos a deambular por la
pantalla con el único valor agregado de la actuación
de Nora Cárpena en el papel de Máxima Linares
Pacheco, la millonaria frívola que dirige una academia
para aspirantes a modelo. Lo que saldrá de esa dudosa
alquimia es "El refugio", una tira empachada de
lugares comunes y huérfana de historias que merezcan
la pena.
Se sabe que la ficción es una serie de mentiras que
el espectador acepta creer por un rato, sólo si los
autores y actores se esfuerzan en mentirle bien. A eso se
llama verosimilitud, un requisito indispensable cuando se
apuesta, como en "El refugio", a retratar la problemática
de personajes con los que la audiencia pueda identificarse.
Tal y como está planteada la tira, inverosímil
por donde se la mire, es imposible que algún adolescente
se vea reflejado. La acción se centra en el teatro
abandonado donde vive Amadeo (Roberto Catarineu), un ex
músico virtuoso transformado en un ermitaño.
De la noche a la mañana, los jóvenes desorientados
convierten la trastienda del teatro en un departamento ambientado
conforme al manual del decorador kitsch, y se instalan allí
para vivir la nada que les depara el guión.
Las interpretaciones juveniles resultan un compendio de
impostaciones. Están los ricos y pedantes, los rockeritos:
ninguno logra armar una criatura convincente. La única
intriga que hasta ahora plantea la historia es una antigua
y fracasada relación entre Máxima y Amadeo
de la que no se conocen los pormenores. Lo demás,
es previsible: amoríos adolescentes, mentiras, amistades
y la palabra "sueños" hasta el desgaste.
Aunque sin proponérselo, de tanto coquetear con el
absurdo, de a ratos mueve a risa. Por caso, la escena de
Coco (Jorge Maggio) pensando en voz alta tras haber fracasado
en su intento de conquistar a Celeste. " ¡Dios
mío, qué noche! -se lamenta-. No puedo creer
cómo se me escapó otra vez; David Coperfield.
Qué desastre". Entonces suena el timbre. "
¡Epa! -continúa Coco-. Se arrepintió".
Pero en un rapto de ingenio de los autores, no es Celeste
sino su novia; la tal Celeste llegará un instante
después para completar la escena de las dos chicas
engañadas y el Don Juan, cara a cara, como la obviedad
manda. l
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