Año XXII
Nº 1519 del 03-02-2006
Publicación semanal de Editorial Perfil

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Giro. Bonafini decidió poner fin a la ronda semanal en torno a la Pirámide, luego de veinticinco años de marchas y reclamos.
 
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Para sorpresa de muchos que daban por descontado que el rito se eternizaría, hace poco la facción liderada por Hebe de Bonafini de las Madres de Plaza de Mayo decidió poner fin a la ronda semanal en torno a la Pirámide que inició un cuarto de siglo antes, aunque otra agrupación, la de la Línea Fundadora, dejó saber que seguiría celebrándola para que la sociedad no olvidara lo que sucedió durante el Proceso militar. ¿Por qué optó Bonafini por terminar con lo que se había convertido en una ceremonia regular que ya formaba parte del folklore o, si se prefiere, la memoria porteña? Según Bonafini, fue porque ahora tiene un amigo en la Casa Rosada en la persona de Néstor Kirchner, un mandatario que, a diferencia de Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Fernando de la Rúa, cree está dispuesto a lidiar con ella contra el imperialismo y sus representantes locales. Se trata de una interpretación un tanto torcida de la historia reciente del país. Mal que les pese a quienes ven todo a través de un prisma ideológico o partidario, no hubo ningún presidente que hiciera más que Alfonsín para que se respetaran los derechos humanos fundamentales en la Argentina, mientras que el aporte a "la lucha" de Kirchner ha sido reducidísimo ya que antes de ocupar su puesto de trabajo actual el santacruceño nunca manifestó mucho interés por el tema. Puede que el revisionismo tenga sus méritos, pero por definición siempre llega tarde.
Bonafini también dijo creer que toda América latina está viviendo una revolución izquierdista "por el voto democrático, sin derramar sangre". Exagera. La mayoría de los gobiernos de la región no es nada revolucionaria, lo que es una suerte porque cuando es cuestión de violar los derechos humanos los revolucionarios marxistas han resultado ser los campeones mundiales: en el siglo XX, lograron asesinar a más de cien millones de supuestos burgueses, campesinos considerados demasiado ricos, disidentes, intelectuales contestatarios, homosexuales, religiosos, miembros de minorías étnicas y otros gusanos que no merecieron vivir, además de esclavizar a una cantidad equiparable de personas enviándolas a campos de concentración. Por fortuna, con la excepción de Fidel Castro y, quizás –el futuro nos dirá–, Hugo Chávez, los mandatarios "centroizquierdistas" como Lula y, huelga decirlo, Kirchner que fueron homenajeados por Bonafini en su despedida son menos feroces que los montoneros y erpistas de antaño, para no hablar de las "máquinas de matar" de ETA y de al-Qaeda hacia quienes en diversas ocasiones la Madre mejor conocida de todas ha hecho gala de su simpatía.
Cuando la dictadura militar cayó en pedazos debido a su incapacidad para frenar la inflación y triunfar en la guerra de las Malvinas, los deseosos de que de una vez se respetaran los derechos humanos en el país se encontrarían frente a un dilema. Tuvieron que optar entre concentrarse en lo ocurrido durante el proceso, lo que acarrearía el riesgo de que la muy comprensible voluntad de obligar a los responsables de actos de lesa humanidad a rendir cuentas ante la Justicia se viera reemplazada por nada más que la sed de venganza de los vinculados política o personalmente con las víctimas de la represión ilegal, lo que sería igualmente comprensible pero que no pudo admitirse en una sociedad que aspiraba a salir de una etapa signada por una guerra civil larvada. La mayoría de los políticos eligió la primera alternativa, pero muchas Madres como Bonafini y ex combatientes que se sentían comprometidos con la izquierda extrema o los montoneros prefirieron emprender lo que andando el tiempo sería una especie de marcha gramsciana a través de las instituciones, reivindicando sin tapujos "los ideales" y "el utopismo" de los combatientes de los años setenta y proclamando a los cuatro vientos que su lucha continuaba. En este esfuerzo tendrían cierto éxito. Con el tiempo, el análisis izquierdista y nacionalista popular de la "guerra sucia" que lo toma por un episodio en la gran lucha entre el neoliberalismo imperialista por un lado y la buena gente que sólo quiere libertad y justicia social por el otro terminaría siendo la nueva versión oficial, de ahí la presunta "amistad" de Bonafini y Kirchner, mandatario cuya contribución principal a la cruzada consistió en abrirle las puertas de la Casa Rosada.
Para muchos tanto aquí como en el exterior, las Madres de Plaza de Mayo –mejor dicho, la facción más visible y más vehemente encabezada por Bonafini–, simbolizarían la resistencia del pueblo contra la dictadura militar y de este modo probaron que los argentinos sí eran derechos y humanos. Demás está decir que de simbolizar las Madres algo, esto fue todo lo contrario.

 

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