| Para sorpresa de muchos
que daban por descontado que el rito se eternizaría, hace
poco la facción liderada por Hebe de Bonafini de las Madres
de Plaza de Mayo decidió poner fin a la ronda semanal en
torno a la Pirámide que inició un cuarto de siglo
antes, aunque otra agrupación, la de la Línea Fundadora,
dejó saber que seguiría celebrándola para
que la sociedad no olvidara lo que sucedió durante el Proceso
militar. ¿Por qué optó Bonafini por terminar
con lo que se había convertido en una ceremonia regular
que ya formaba parte del folklore o, si se prefiere, la memoria
porteña? Según Bonafini, fue porque ahora tiene
un amigo en la Casa Rosada en la persona de Néstor Kirchner,
un mandatario que, a diferencia de Raúl Alfonsín,
Carlos Menem y Fernando de la Rúa, cree está dispuesto
a lidiar con ella contra el imperialismo y sus representantes
locales. Se trata de una interpretación un tanto torcida
de la historia reciente del país. Mal que les pese a quienes
ven todo a través de un prisma ideológico o partidario,
no hubo ningún presidente que hiciera más que Alfonsín
para que se respetaran los derechos humanos fundamentales en la
Argentina, mientras que el aporte a "la lucha" de Kirchner
ha sido reducidísimo ya que antes de ocupar su puesto de
trabajo actual el santacruceño nunca manifestó mucho
interés por el tema. Puede que el revisionismo tenga sus
méritos, pero por definición siempre llega tarde.
Bonafini también dijo creer que toda América latina
está viviendo una revolución izquierdista "por
el voto democrático, sin derramar sangre". Exagera.
La mayoría de los gobiernos de la región no es nada
revolucionaria, lo que es una suerte porque cuando es cuestión
de violar los derechos humanos los revolucionarios marxistas han
resultado ser los campeones mundiales: en el siglo XX, lograron
asesinar a más de cien millones de supuestos burgueses,
campesinos considerados demasiado ricos, disidentes, intelectuales
contestatarios, homosexuales, religiosos, miembros de minorías
étnicas y otros gusanos que no merecieron vivir, además
de esclavizar a una cantidad equiparable de personas enviándolas
a campos de concentración. Por fortuna, con la excepción
de Fidel Castro y, quizás –el futuro nos dirá–,
Hugo Chávez, los mandatarios "centroizquierdistas"
como Lula y, huelga decirlo, Kirchner que fueron homenajeados
por Bonafini en su despedida son menos feroces que los montoneros
y erpistas de antaño, para no hablar de las "máquinas
de matar" de ETA y de al-Qaeda hacia quienes en diversas
ocasiones la Madre mejor conocida de todas ha hecho gala de su
simpatía.
Cuando la dictadura militar cayó en pedazos debido a su
incapacidad para frenar la inflación y triunfar en la guerra
de las Malvinas, los deseosos de que de una vez se respetaran
los derechos humanos en el país se encontrarían
frente a un dilema. Tuvieron que optar entre concentrarse en lo
ocurrido durante el proceso, lo que acarrearía el riesgo
de que la muy comprensible voluntad de obligar a los responsables
de actos de lesa humanidad a rendir cuentas ante la Justicia se
viera reemplazada por nada más que la sed de venganza de
los vinculados política o personalmente con las víctimas
de la represión ilegal, lo que sería igualmente
comprensible pero que no pudo admitirse en una sociedad que aspiraba
a salir de una etapa signada por una guerra civil larvada. La
mayoría de los políticos eligió la primera
alternativa, pero muchas Madres como Bonafini y ex combatientes
que se sentían comprometidos con la izquierda extrema o
los montoneros prefirieron emprender lo que andando el tiempo
sería una especie de marcha gramsciana a través
de las instituciones, reivindicando sin tapujos "los ideales"
y "el utopismo" de los combatientes de los años
setenta y proclamando a los cuatro vientos que su lucha continuaba.
En este esfuerzo tendrían cierto éxito. Con el tiempo,
el análisis izquierdista y nacionalista popular de la "guerra
sucia" que lo toma por un episodio en la gran lucha entre
el neoliberalismo imperialista por un lado y la buena gente que
sólo quiere libertad y justicia social por el otro terminaría
siendo la nueva versión oficial, de ahí la presunta
"amistad" de Bonafini y Kirchner, mandatario cuya contribución
principal a la cruzada consistió en abrirle las puertas
de la Casa Rosada.
Para muchos tanto aquí como en el exterior, las Madres
de Plaza de Mayo –mejor dicho, la facción más
visible y más vehemente encabezada por Bonafini–,
simbolizarían la resistencia del pueblo contra la dictadura
militar y de este modo probaron que los argentinos sí eran
derechos y humanos. Demás está decir que de simbolizar
las Madres algo, esto fue todo lo contrario.
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