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Los hermanos Yon, Pol y Piter Singer nacieron en Santa Fe,
en 1971, como "divertimento interno" -cuentan
ellos- del Teatro de Arte de esa ciudad. En 1973 debutaron
en Buenos Aires, por invitación de la legendaria
productora Julieta Ballvé (aquella que, al subir
al colectivo, proponía al conductor y a los pasajeros:
"¡Vamos al teatro!"), con un espectáculo
muy divertido, titulado "Los Trisinger, ¿los
qué?", en los Teatros de San Telmo. Desde entonces
y hasta 1982 nos ofrecieron a los porteños, con regularidad,
diversas variaciones sobre su manera, muy personal, de crear
humor musical. Durante los veinte años siguientes
callaron, y volvieron, entre 2003 y 2005, con "Pelos
de gallina".
Nacida en el café-concert europeo de comienzos del
siglo XIX, la estructura no cambia, ni tiene por qué
cambiar: tres payasos, con ropa y sombreros de antigua etiqueta,
excelentes músicos, buenos cantantes, observan la
realidad política, económica y social (condensada
hoy, en todo el mundo, en una sola, con mayúscula:
la Política), y reflexionan sobre ella, con un humor
filoso y tierno a la vez. Es interesante observar cómo
Los Trisinger, sin renegar de ese esquema, que podría
considerarse tradicional, cada vez más han ido incursionando
en una suerte de delirio surrealista (o dadaísta,
si se quiere), donde la tal realidad, sin dejar de ser cotidiana,
aparece grotescamente deformada, como las imágenes
en las galerías de espejos de los parques de diversiones.
Motivos hay de sobra, aquí y en todas partes, para
que se imponga la óptica que don Ramón del
Valle-Inclán, aquel gallego genial, rotuló
como "esperpento": una mirada donde el humor rechina
y hasta da escalofríos, porque el fondo es de terror.
Quizá no llegan a tanto Los Trisinger, pero rozan
ese borde de abismo, con mucha gracia y (ya se dijo) ternura.
Como es tradicional en el género, cada uno asume
un papel: Kohanoff (Yon) es el más serio, el que
empuña (literalmente) la batuta, y llama al orden
a los otros dos; Calvar (Pol), de prodigiosa expresividad
(ni necesitaría hablar), es el que hace siempre las
preguntas incómodas y procura desentrañar
el sentido oculto de la insensatez; Kohanoff (Piter) es
el despistado absoluto, instalado en una adolescencia eterna.
Ejecutantes impecables, Los Trisinger se arriesgan, con
felicidad, a composiciones de veras originales y nada fáciles.
Son algo así como los Tres Chiflados, con la ventaja
de que hacen música de primera. l
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