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Hay fórmulas que consiguen convertirse en clásicos
televisivos; ésas son las que logran resistir con
dignidad el paso de los años. Hay otras que vienen
con la fecha de vencimiento en el envase, y si se las repite
más allá de ese límite saben a rancio:
tal es caso de "¿Querés jugar?".
En el 2006, por la pantalla de Canal 13, Nicolás
Repetto machaca con la receta que utilizó a mediados
de los 90’ en Telefe. Para muestra, un puñado
de imágenes que parecen desempolvadas del arcón
de los recuerdos: los juegos telefónicos con barajas;
la unidad móvil que reparte el sueño de salir
por la tele, ser elegido para participar en una prenda y
si la suerte ayuda, alzarse con un premio; el conductor
gritando "timba, timba, y timba"; sus constantes
arengas para que el ciclo transcurra por los carriles de
la excitación impostada.
Desde mitad de los noventa hasta el presente, el género
de los juegos televisivos ha evolucionado, como casi todo
en este mundo. Basta pensar en "Pulsaciones",
"Tiempo límite", "El vil metal",
"Trato hecho" o "El legado". La propuesta
de Repetto, en cambio, se niega a cualquier forma de progreso.
Fiel a un modelo que no puede asombrar a nadie que ya haya
superado la edad de la inocencia, recicla apenas antiguallas
tales como "el juego de la silla". Por toda innovación,
en vez de asientos, hay strippers, y las jugadoras deben
colgarse de ellos; el resultado de la iniciativa luce pueril
y burdo, igual que un chiste de Jaimito.
Jimena Cyrulnik, desde el móvil, se desgañita
lanzando muletillas del siguiente tenor: "Nico, aquí
estamos", "Estamos a full"o "¡Nico,
te queremos!". Lo dice con aires triunfalistas, como
si hubiera llegado a un punto del planeta nunca antes reflejado
en la historia de la TV. ¿Y dónde está,
en verdad? En Monte Grande, Parque Patricios o Villa Urquiza.
Con reiterados problemas de audio, algunas veces Repetto
y los televidentes ignoran por completo de qué está
hablando Cyrulnik y deben conformarse con lo que está
a la vista: la muchacha dando saltitos y exhibiendo su dentadura
en una mueca que aspira a ser sonrisa.
El ciclo tiene la ventaja de mover a risa sin proponérselo.
No son los comentarios con doble sentido al que Repetto
es tan afecto lo que provoca hilaridad sino el absurdo del
conjunto, la profusión de bloopers y el denodado
empeño con que el animador y la movilera buscan hacerle
creer al público que allí se está viviendo
la fiesta inolvidable, el non plus ultra del entretenimiento
en vivo y en directo. l
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