Año XXII
Nº 1559 del 11-11-2006
Publicación semanal de Editorial Perfil

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PARODIA. Retrato desopilante de una familia "disfuncional".
 
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  Lazos de sangre
  "UNA TRAGEDIA ARGENTINA", de Daniel Dalmaroni. Con Jorge Sabaté, Pablo Carrasco, Liliana Moreno, Gastón Courtade y Carolina Refusia. Director: Alejandro Casavalle. El Piccolino, Fitz Roy 2056, sábados y domingos a las 20. Tel.: 4779-0353.
 
 

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Es un disparate galopante, del que uno se ríe a carcajadas hasta que, de pronto, surge la inquietud: ¿de qué nos estamos riendo? Porque lo que sucede es horroroso: una familia "disfuncional" (como se dice ahora) termina eliminándose, unos a otros, en un mar de sangre y con cualquier utensilio que encuentren a mano. Abundan en la escena porteña, hoy, estos retratos al vitriolo de la disolución del núcleo familiar. Por algo será.
El autor elige la parodia de los folletines televisivos, de esos que abundan en revelaciones insólitas. En este caso, quién es hijo de quién; hasta que la maraña se vuelve tan complicada que en verdad parecería no haber otra solución que el suicidio colectivo. El matrimonio formado por Susana y Hugo tiene dos hijos: Roy y Vietnam. Roy es homosexual asumido, aunque sus padres prefieren mirar a otro lado antes que admitirlo; Vietnam está embarazada de Pablo, el novio de Roy, lo que provoca un cortocircuito entre los hermanos. Por si fuera poco, Vietnam resulta ser hija de su abuelo paterno, internado en un geriátrico pero en modo alguno retirado de la circulación, como lo comprobó Susana durante una visita de cortesía a su suegro. Y Susana admite los decididos avances de Mario, su cuñado, hermano de Hugo y también, ignorándolo hasta ese momento, de su sobrina.
Importa menos semejante embrollo que el tono de farsa enloquecida que le impone el director, Alejandro Casavalle (quien, dos temporadas atrás, dirigió aquella curiosa pieza de cámara que transcurría en el baño para hombres del Malba, ante no más de diez espectadores por función). Los intérpretes están a la altura del compromiso y es evidente que se divierten muchísimo, lo mismo que los espectadores. Pero cuando uno sale de la representación, de vuelta en la vida supuestamente "normal", comienza a cuestionarse qué sería esa normalidad, y si en verdad existe. l

   
 

Por Ernesto Schoo

 

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