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Es un disparate galopante, del que uno se ríe a carcajadas
hasta que, de pronto, surge la inquietud: ¿de qué
nos estamos riendo? Porque lo que sucede es horroroso: una
familia "disfuncional" (como se dice ahora) termina
eliminándose, unos a otros, en un mar de sangre y
con cualquier utensilio que encuentren a mano. Abundan en
la escena porteña, hoy, estos retratos al vitriolo
de la disolución del núcleo familiar. Por
algo será.
El autor elige la parodia de los folletines televisivos,
de esos que abundan en revelaciones insólitas. En
este caso, quién es hijo de quién; hasta que
la maraña se vuelve tan complicada que en verdad
parecería no haber otra solución que el suicidio
colectivo. El matrimonio formado por Susana y Hugo tiene
dos hijos: Roy y Vietnam. Roy es homosexual asumido, aunque
sus padres prefieren mirar a otro lado antes que admitirlo;
Vietnam está embarazada de Pablo, el novio de Roy,
lo que provoca un cortocircuito entre los hermanos. Por
si fuera poco, Vietnam resulta ser hija de su abuelo paterno,
internado en un geriátrico pero en modo alguno retirado
de la circulación, como lo comprobó Susana
durante una visita de cortesía a su suegro. Y Susana
admite los decididos avances de Mario, su cuñado,
hermano de Hugo y también, ignorándolo hasta
ese momento, de su sobrina.
Importa menos semejante embrollo que el tono de farsa enloquecida
que le impone el director, Alejandro Casavalle (quien, dos
temporadas atrás, dirigió aquella curiosa
pieza de cámara que transcurría en el baño
para hombres del Malba, ante no más de diez espectadores
por función). Los intérpretes están
a la altura del compromiso y es evidente que se divierten
muchísimo, lo mismo que los espectadores. Pero cuando
uno sale de la representación, de vuelta en la vida
supuestamente "normal", comienza a cuestionarse
qué sería esa normalidad, y si en verdad existe.
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