Año XXII
Nº 1568 del 12-01-2007
Publicación semanal de Editorial Perfil

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Conectados full-time. La mayoría navega por diversión o trabajo, pero la tecnología favorece novedosas conductas "adictivas".
 
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  De la "cibercondria" a la "ego-navegación", las adicciones a la red que afloran en verano.
 

Tengo que mandar un mail al banco. Todavía no me acreditaron el depósito". En plena city porteña, la frase pasaría inadvertida. Pero quien lo dice está a tres metros de la orilla del mar, tiene una notebook sobre sus piernas y toma los últimos sorbos de un trago recién preparado en un parador con wi-fi en Punta del Este. El sol le pega de frente, pero él disfruta de la conexión inalámbrica. Como en su casa.
Hace unos años, la escena anterior podría haber aparecido en cualquier libro de ciencia-ficción. A nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido sentarse a tomar sol y chequear el correo con una computadora de mano. Recientes investigaciones arribaron a la misma conclusión: la web y el correo electrónico fueron el caldo de cultivo para la proliferación de nuevas adicciones relacionadas con la tecnología.
Según Mark Griffiths, investigador especializado en adicciones de la universidad Trent, de Nottingham, Inglaterra, "una persona puede ser potencialmente adicta a todo aquello que haga, porque las adicciones se generan en las recompensas que uno obtiene al realizar distintas actividades", entre las que se encuentra el navegar por internet, chequear un mail o ver un video en YouTube. Los científicos tipificaron los males y hasta armaron un glosario con palabras que una década atrás bien podrían haber sonado a insultos: cibercondria, espionaje-Google, blog-indiscreción, crackberry, ego-navegación, fotoapropiación, wikipediamanía, infornografía y narcisismo "tipo YouTube". Aquí, el perfil de cada una de ellas.
Enfermos virtuales. Si una persona visita a su médico, le diagnostican una enfermedad que jamás escuchó y lo primero que hace al regresar a su casa es buscarla en Google, lo más probable es que encuentre miles –cuando no millones– de páginas relacionadas con el problema. Como la información disponible en internet es amplísima, algunas de esas páginas dirán que tiene una arritmia, otras una hipertensión o incluso una angina. Muchas veces, una leyenda invita a consultar al médico.
Pero no, el cibercondríaco prototípico descree del profesional de carne y hueso; prefiere al virtual. Y puede pasarse horas intentando descubrir la naturaleza del mal que lo aqueja. El proceso puede transformarse en una eterna búsqueda de lo desconocido, e incluso experimentar varios de los síntomas sobre los que las páginas de internet informan. El final de la historia, para casi todos los cibercondríacos, llega cuando son las cuatro o cinco de la mañana y la dolencia original –aquélla por la que habían ido al médico– hace rato que sanó. Aunque ellos no sepan demasiado bien por qué.
El segundo tipo entre estos enfermos cibernéticos es el de los que hacen "espionaje googleano". ¿Quién no buscó en la web el nombre de los compañeros de la secundaria o el de alguna novia del pasado? (Después de todo, es la mejor forma de enterarse en qué andan sin llamarlos por teléfono). Para todos aquellos curiosos empedernidos que disfrutan investigando la vida de sus conocidos existe esta categoría. Incluso están los "espías agudos" que, no conformes con leer textos que hablen de las personas buscadas, hurgan por la web en busca de imágenes actualizadas, o incluso videos. Estos pueden llegar a ser incurables.

   
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