| Tengo que mandar un
mail al banco. Todavía no me acreditaron el depósito".
En plena city porteña, la frase pasaría inadvertida.
Pero quien lo dice está a tres metros de la orilla del
mar, tiene una notebook sobre sus piernas y toma los últimos
sorbos de un trago recién preparado en un parador con wi-fi
en Punta del Este. El sol le pega de frente, pero él disfruta
de la conexión inalámbrica. Como en su casa.
Hace unos años, la escena anterior podría haber
aparecido en cualquier libro de ciencia-ficción. A nadie
en su sano juicio se le hubiera ocurrido sentarse a tomar sol
y chequear el correo con una computadora de mano. Recientes investigaciones
arribaron a la misma conclusión: la web y el correo electrónico
fueron el caldo de cultivo para la proliferación de nuevas
adicciones relacionadas con la tecnología.
Según Mark Griffiths, investigador especializado en adicciones
de la universidad Trent, de Nottingham, Inglaterra, "una
persona puede ser potencialmente adicta a todo aquello que haga,
porque las adicciones se generan en las recompensas que uno obtiene
al realizar distintas actividades", entre las que se encuentra
el navegar por internet, chequear un mail o ver un video en YouTube.
Los científicos tipificaron los males y hasta armaron un
glosario con palabras que una década atrás bien
podrían haber sonado a insultos: cibercondria, espionaje-Google,
blog-indiscreción, crackberry, ego-navegación, fotoapropiación,
wikipediamanía, infornografía y narcisismo "tipo
YouTube". Aquí, el perfil de cada una de ellas.
Enfermos virtuales. Si una persona visita a su médico,
le diagnostican una enfermedad que jamás escuchó
y lo primero que hace al regresar a su casa es buscarla en Google,
lo más probable es que encuentre miles –cuando no
millones– de páginas relacionadas con el problema.
Como la información disponible en internet es amplísima,
algunas de esas páginas dirán que tiene una arritmia,
otras una hipertensión o incluso una angina. Muchas veces,
una leyenda invita a consultar al médico.
Pero no, el cibercondríaco prototípico descree del
profesional de carne y hueso; prefiere al virtual. Y puede pasarse
horas intentando descubrir la naturaleza del mal que lo aqueja.
El proceso puede transformarse en una eterna búsqueda de
lo desconocido, e incluso experimentar varios de los síntomas
sobre los que las páginas de internet informan. El final
de la historia, para casi todos los cibercondríacos, llega
cuando son las cuatro o cinco de la mañana y la dolencia
original –aquélla por la que habían ido al
médico– hace rato que sanó. Aunque ellos no
sepan demasiado bien por qué.
El segundo tipo entre estos enfermos cibernéticos es el
de los que hacen "espionaje googleano". ¿Quién
no buscó en la web el nombre de los compañeros de
la secundaria o el de alguna novia del pasado? (Después
de todo, es la mejor forma de enterarse en qué andan sin
llamarlos por teléfono). Para todos aquellos curiosos empedernidos
que disfrutan investigando la vida de sus conocidos existe esta
categoría. Incluso están los "espías
agudos" que, no conformes con leer textos que hablen de las
personas buscadas, hurgan por la web en busca de imágenes
actualizadas, o incluso videos. Estos pueden llegar a ser incurables.
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