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Inteligencia, agudo ingenio, vasta cultura, formidable histrionismo.
Estas virtudes, más una irresistible simpatía,
han convertido a Enrique Pinti en un referente imprescindible,
político y social, a la par que artístico.
Es el heredero de una tradición milenaria, la de
los cómicos que les cantan las cuarenta a los poderosos
de este mundo, a la vez que revelan, implacables, las flaquezas
de las comunidades que se dejan manosear por los primeros.
Todo eso, al amparo del humor, el arma más temida
por tiranos y censores.
La historia del género es probable que se remonte
al tiempo de las cavernas. Atraviesa las farsas griegas
y romanas, hace reír y consuela a multitudes en las
plazas medievales, se exalta con virulencia en las máscaras
de la Comedia del Arte y culmina en el café-concert
parisienne de 1900, con el mordaz Aristide Bruant en su
Cabaret du Chat Noir. Entre nosotros, el género exhibe
una prosapia ilustre, desde el inmortal Pepino el 88 (José
Podestá), pasando por Pepe Arias, hasta Tato Bores,
Gasalla y Pinti, cuyas siete temporadas consecutivas (1985-92)
con "Salsa criolla", en el Liceo, figuran ya en
la historia.
El formato de "Pingo argentino" -el propio Pinti
lo reconoce- es el mismo de sus últimas contribuciones
al género: "Pericón.com.ar" (2000-1)
y "Candombe nacional" (2002-3), siempre en el
Maipo. Una revista, conducida por el capocómico,
cuyos cuadros alternan la revisión del pasado con
el análisis de la actualidad local, intercalando
números de canto y baile. Se nota la mano de Ricky
Pashkus en la dinámica sucesión de las escenas,
la imaginativa resolución de muchas de ellas y la
muy hermosa coreografía, impecablemente ejecutada
por el entusiasta cuerpo de baile. Si algo distingue al
espectáculo de sus antecesores, es una sobriedad
que redunda en elegancia, tanto en la escenografía
de Puppo -práctica y austera, bien servida por las
luces- como en el bellísimo vestuario de Schussheim,
con un detalle sutil: en el último cuadro, mujeres
y varones lucen la misma (mínima) ropa.
En el teatro argentino, Pinti es un fenómeno aparte.
Ha logrado algo que pocos (aún con talento) alcanzan:
un estilo propio, inconfundible e inimitable. La gesticulación
expresiva (una mirada, un guiño), el dominio vocal,
la agilidad con que maneja su corpachón (del que
sabe burlarse donosamente), la increíble velocidad
de la alocución, configuran un instrumento de precisión
al servicio de la inteligencia. Y está muy lejos,
por suerte, de la comicidad previsible en que incurren algunos
de sus colegas, arrastrados por la demagogia a anquilosarse
en un molde reiterado, del que no pueden -o no quieren-
escapar. Pinti, al contrario, sabe jugar con las contradicciones
de la realidad como el malabarista con las clavas, o los
platos. El equilibrio siempre parece a punto de romperse
y él, con increíble destreza, lo mantiene
en tensión. Y siempre, también, por alguna
arista inesperada, sorprende y modifica la óptica
del espectador. Esta carrera la gana, más que por
muchas cabezas, por muchos cuerpos. l
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