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Foto |
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| Lanzado. Lavagna avisa que
quiere ser Presidente. No hace muchas olas. Es el producto de Duhalde y
Alfonsín. |
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Tesis
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Construcción
de un
candidato
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Raúl Alfonsín
y Eduardo Duhalde no se creen impresentables, pero saben muy bien
que de ocurrírseles anotarse para las elecciones presidenciales
de octubre tendrían suerte si su voto conjunto alcanzara
el uno por ciento, motivo por el que los dos padrinos del establishment
político bonaerense de antaño optaron por impulsar
la candidatura de Roberto Lavagna, un personaje que desde hace años
vive en la zona fronteriza donde la Unión Cívica Radical
linda con el Partido Justicialista. Desde el punto de vista de los
ex mandatarios, Lavagna sería el hombre indicado para ahorrarle
al país el destino autoritario que le esperaría si
los Kirchner lograran consolidar su hegemonía pero también
impediría que cayera en manos de los "neoliberales"
temibles que a su entender rodean a Mauricio Macri y Ricardo López
Murphy.
Por ser Lavagna el putativo padre del "modelo productivo"
instalado por Duhalde y heredado por Néstor Kirchner que
subordina todo a los intereses de ciertos empresarios del Gran Buenos
Aires, los veteranos confían en que en el caso de resultar
elegido no intentaría modificar la estrategia del dólar
recontraalto que es su característica principal. Aunque se
trata de un modelo antipopular puesto que sirve para reducir el
poder de compra de los asalariados, de este modo permitiéndoles
competir con los chinos, lo respalda con fervor el grueso de los
radicales, peronistas e izquierdistas por sus connotaciones nacionalistas.
El que Alfonsín y su entorno hayan estado entre los promotores
más entusiastas de la candidatura de Lavagna es un síntoma
más de la enfermedad mortal que padece la UCR. En los años
noventa, trató de salvarse acoplándose al Frepaso
y ahora se agarra con desesperación a lo que queda del duhaldismo
con la esperanza de que consiga salvarla de la extinción
definitiva. Es un final deprimente para un partido que, de haber
sabido sus dirigentes adaptarse mejor a las circunstancias, pudiera
haber desempeñado un papel fundamental en la primermundización
de la Argentina, ahorrándole una sucesión de crisis
devastadoras que depauperarían a buena parte de la población.
Por desgracia, los radicales nunca lograron superar la debacle que
les supuso la conclusión prematura de la gestión de
Alfonsín, de ahí los desastres que por omisión
o comisión ayudaron a provocar en los años siguientes.
Huelga decir que no es ningún consuelo saber que el fracaso
del radicalismo también lo ha sido el de toda la clase política
nacional.
En teoría, Lavagna debería ser un muy buen candidato.
Es por eso que Alfonsín y Duhalde lo eligieron para llevar
sus banderas raídas. Si bien está comprometido con
el modelo presuntamente exitoso de turno que se confeccionó
luego de la implosión de la convertibilidad, es mucho menos
áspero que Kirchner, no está obsesionado con los años
setenta, desprecia al petropresidente venezolano Hugo Chávez
y entiende que sería un error imperdonable creer que el piloto
automático que está al mando pueda sortear las tormentas
económicas que con toda seguridad nos aguardan en el futuro.
Por lo demás, sorprendería que si se mudara a la Casa
Rosada se sentiría tentado a emular a Kirchner que, luego
de construir el poder suficiente, se puso a humillar a sus benefactores,
cumpliendo así con una recomendación de Nicolás
Maquiavelo. Antes bien, gobernaría como el pilar de la clase
política nacional que sin duda es.
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