Año XXII
Nº 1568 del 12-01-2007
Publicación semanal de Editorial Perfil

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Lanzado. Lavagna avisa que quiere ser Presidente. No hace muchas olas. Es el producto de Duhalde y Alfonsín.
 
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  Construcción de un candidato
 
  Raúl Alfonsín y Eduardo Duhalde no se creen impresentables, pero saben muy bien que de ocurrírseles anotarse para las elecciones presidenciales de octubre tendrían suerte si su voto conjunto alcanzara el uno por ciento, motivo por el que los dos padrinos del establishment político bonaerense de antaño optaron por impulsar la candidatura de Roberto Lavagna, un personaje que desde hace años vive en la zona fronteriza donde la Unión Cívica Radical linda con el Partido Justicialista. Desde el punto de vista de los ex mandatarios, Lavagna sería el hombre indicado para ahorrarle al país el destino autoritario que le esperaría si los Kirchner lograran consolidar su hegemonía pero también impediría que cayera en manos de los "neoliberales" temibles que a su entender rodean a Mauricio Macri y Ricardo López Murphy.
Por ser Lavagna el putativo padre del "modelo productivo" instalado por Duhalde y heredado por Néstor Kirchner que subordina todo a los intereses de ciertos empresarios del Gran Buenos Aires, los veteranos confían en que en el caso de resultar elegido no intentaría modificar la estrategia del dólar recontraalto que es su característica principal. Aunque se trata de un modelo antipopular puesto que sirve para reducir el poder de compra de los asalariados, de este modo permitiéndoles competir con los chinos, lo respalda con fervor el grueso de los radicales, peronistas e izquierdistas por sus connotaciones nacionalistas.
El que Alfonsín y su entorno hayan estado entre los promotores más entusiastas de la candidatura de Lavagna es un síntoma más de la enfermedad mortal que padece la UCR. En los años noventa, trató de salvarse acoplándose al Frepaso y ahora se agarra con desesperación a lo que queda del duhaldismo con la esperanza de que consiga salvarla de la extinción definitiva. Es un final deprimente para un partido que, de haber sabido sus dirigentes adaptarse mejor a las circunstancias, pudiera haber desempeñado un papel fundamental en la primermundización de la Argentina, ahorrándole una sucesión de crisis devastadoras que depauperarían a buena parte de la población. Por desgracia, los radicales nunca lograron superar la debacle que les supuso la conclusión prematura de la gestión de Alfonsín, de ahí los desastres que por omisión o comisión ayudaron a provocar en los años siguientes. Huelga decir que no es ningún consuelo saber que el fracaso del radicalismo también lo ha sido el de toda la clase política nacional.
En teoría, Lavagna debería ser un muy buen candidato. Es por eso que Alfonsín y Duhalde lo eligieron para llevar sus banderas raídas. Si bien está comprometido con el modelo presuntamente exitoso de turno que se confeccionó luego de la implosión de la convertibilidad, es mucho menos áspero que Kirchner, no está obsesionado con los años setenta, desprecia al petropresidente venezolano Hugo Chávez y entiende que sería un error imperdonable creer que el piloto automático que está al mando pueda sortear las tormentas económicas que con toda seguridad nos aguardan en el futuro. Por lo demás, sorprendería que si se mudara a la Casa Rosada se sentiría tentado a emular a Kirchner que, luego de construir el poder suficiente, se puso a humillar a sus benefactores, cumpliendo así con una recomendación de Nicolás Maquiavelo. Antes bien, gobernaría como el pilar de la clase política nacional que sin duda es.
   

 

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