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El Calafate es el reino de la "Era del Hielo". Los glaciares Upsala (¡cuatro veces más grande que la ciudad de Buenos Aires!), el imprevisible Perito Moreno (cuya ruptura en 1988 fue un acontecimiento mundial, que se repitió recién en el 2004), el paisaje inolvidable del Spegazzini, son un espectáculo que atrae gran cantidad de turistas de todo el mundo. El Calafate es el centro de operaciones de dicho movimiento, un lugar con cierto aire a Far West, calle larga que lo atraviesa, laterales cortas y un extraño desparramo de casas en el espacio exterior al centro, al menos así se detecta desde la altura. Informa que hay siete mil camas disponibles para los visitantes, pero que los vuelos son pocos para abastecerlas con continuidad. El hecho es que se oyen lenguas de todos los horizontes y reina un ambiente alegre, gente satisfecha del resultado de tan largo viaje para ver esas enormes y estéticas masas de hielo. No es cuestión de salir corriendo, pero las perspectivas del calentamiento global ya están afectando a los glaciares, al igual que al resto del mundo. Lo lamentamos.
En el envión turístico que vive la Argentina, hay algo vertiginoso en la construcción de hospedajes de todo tipo, restaurantes varios, el feliz renacimiento de las barras de tragos, servicios de traslados, entre otros. El Calafate no es ajeno al tema, y los martillazos están al día, aunque si revisamos la información del caso (un ejemplo, www.welcomeargentina.com), encontraremos una apreciable cantidad de opciones. Con motivo de la primera Expo Wine Patagonia, feliz iniciativa, conocí el restaurante "Casimiro Biguá", uno de los más frecuentados del lugar. Su nombre me llamó la atención: resultó ser un tehuelche que jugaba un doble papel para Argentina y Chile. El famoso comandante Piedra Buena lo hizo nombrar Cacique General de San Gregorio, título que le entregó el propio presidente Mitre. De paso, dicen que fue el primer tehuelche fotografiado en vivo. A su regreso compadreó atribuyéndose el cargo de teniente coronel argentino, con gran asombro de nuestros vecinos, que lo conocían como capitán chileno. Pero siempre fue fiel a su gente, los tehuelches. Con el tiempo desapareció, justo antes de que llegara Roca con sus muchachos conquistadores del desierto y futuros propietarios de tierras.
El restaurante fue iniciativa de Elizabeth Dogliotti, empresaria gastronómica, y de su marido Rodrigo Harding. Abrió en el 2002 y con ellos colaboró el sommelier Mariano Spataro, quien armó una bodega de primer nivel, con una serie de vinos de alta gama y cosechas especiales, organizada por zonas o características que guían al consumidor. El jefe de cocina es Víctor Novocel, cuya preferencia por los pescados y frutos de mar (merluza negra con salsa de limón, oliva y alcaparras, el cake de centolla fueguina) no desmerece su mano para el risotto con hongos o el ossobuco de cordero con cuscús. El menú es amplio, comenzando con picadas típicas (variedad de escabeches, ahumados, quesos, embutidos y encurtidos), quesos artesanales, langostinos al ajillo, tortilla de campo (papas, cebolla, panceta, ajo y perejil), carpaccio de cordero; continuando con dúo de lomos de ternera y cordero, cordero en costra de almendras, hongos y hierbas, trenza de salmón, merluza negra, espinacas y centolla, ravioles con diversos rellenos y salsas, pastas secas, y una buena oferta de postres: soufflé de chocolate con salsa de naranjas y cointreau, tarta tibia de manzana con helado de canela y jengibre, cheese-cake con salsa de frambuesas. La cocina es de estilo clásico y lucha permanentemente con el problema de los abastecimientos, por ejemplo, la lechuga suele llegar en avión desde tierras bonaerenses, cuando no en camión desde Río Gallegos, adonde llegó en avión. Una buena propuesta gastronómica en El Calafate es, pues, doblemente meritoria. l
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