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La novela original del escritor Irvin Yalom reúne en Viena a prestigiosos personajes de la cultura europea, hacia 1883, y les hace jugar algo así como un ajedrez erótico-metafísico, a través de largos diálogos. Esta versión teatral enfrenta, pues, considerables dificultades. Ante todo, cómo hacer verosímiles en escena a científicos y artistas de una estatura mítica: Freud, Nietzsche, Lou Andreas-Salomé, y cómo animar sus extensas conversaciones. Todo gira en torno del psicoanálisis, a partir de sus primeros pasos, auspiciados por el ilustre médico Josef Breuer, antecesor de Freud en los estudios sobre la histeria, entonces considerada una dolencia femenina.
Según esta ficción, la presencia en Viena del hipersensible, genial e inestable filósofo Friedrich Nietzsche (1844-1900), le habría sugerido a Breuer -con cautelosa aprobación de Freud- una audaz terapia para curarse de la pasión despertada en él por su paciente Bertha Pappenheim, la famosa "Anna O.", de la etapa inicial del psicoanálisis: el filósofo sería el psicoanalista y Breuer su paciente.
Si todo esto suena algo confuso, no lo es menos en escena, donde además se trata de la ruptura de la fraternal amistad -la única en su vida- que unía a Nietzsche con Paul Rée, y de los devaneos de la bella Lou, amiga de ambos, futura discípula de Freud y amante del poeta Rainer Maria Rilke. En resumen: como esta gente famosa habla muchísimo, la directora Lía Jelín -de largo y calificado historial-, a fin de dar algún viso de teatralidad a tanta charla, recurre a un dispositivo escénico acaso sorprendente. Una gran estructura metálica, con una plataforma en la que se abren varias trampas, a fin de que las mujeres de la historia aparezcan de pronto, descolgándose, con flexibilidad de serpientes (Nietzsche era un misógino feroz, atribuía al sexo femenino los males del mundo). El saldo más positivo está en la interpretación de los protagonistas: Luciano Suardi logra la hazaña de hacer un Nietzsche convincentemente desesperado, y Claudio Da Passano encarna con eficacia a un sobrio Breuer, contenido y hondo en su dolor. l
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