| La muerte de Jorge Guinzburg fue un mazazo en la nuca de la opinión pública. Sorprendió, conmovió y entristeció. Pero también quedó rodeada de un poderoso misterio: lo no dicho. ¿De qué murió Guinzburg?
Como sucede con los secretos de familia, esos que atraviesan generaciones sin ser nombrados, la enfermedad que devoró la vida de este genial periodista fue esquivada por la mayoría de los medios de comunicación. A pesar de las miles de palabras de homenaje y de las históricas imágenes que rodearon la noticia de su muerte, el miércoles 12 muy pocos se atrevieron a pronunciar la palabra maldita: cáncer. El cáncer es tabú. Y el cáncer de Guinzburg fue tabú.
En las maratónicas sesiones televisivas surgieron todo tipo de eufemismos gramaticales para referirse a las razones de una muerte tan conmovedora. “Una larga y penosa enfermedad”, “una enfermedad de tal magnitud”, “una enfermedad más grave de lo que se pensaba”.
Los periodistas más osados se animaron a ponderar “la gran fuerza de voluntad” de Guinzburg para “luchar contra ella”, aunque nunca precisaron quién era “ella”. Y los amigos, en tono oblicuo, recordaron su temporario alejamiento de la TV, pero prefirieron callar a la hora de bautizar su dolencia. Nadie atravesó el límite de nombrar lo que parecía innombrable.
Durante horas, los periodistas especularon, adjetivaron y sumieron al público en una gran desinformación. El discurso oficial era que Guinzburg había muerto por una grave afección pulmonar derivada de un largo proceso asmático que arrastraba desde su infancia. En el Sanatorio Mater Dei, donde estuvo internado, informaron que las razones de su muerte eran un tema “exclusivamente privativo del paciente y su familia”.
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