★★★★ El temido o deseado momento llegó: se acabó la serie de aventuras del aprendiz de brujo juvenil Harry Potter. Se sabía desde que empezó hace una década: incluiría siete volúmenes, y el que acaba de aparecer tiene ese número mágico.
En esa década de feliz escritura y muy feliz éxito que la llevó a ubicarse cómoda junto a gente como Stephen King, Rowling mostró una capacidad envidiable para enganchar a sus lectores. Como suele pasar en la vida misma, este final de camino después de un largo recorrido tiene un sabor agridulce, no sólo para el lector que la ha seguido en estos años, sino para ella misma. Algo de eso se nota en el tono mismo del volumen. Por momentos, el inevitable cariño que siente por cada uno de sus personajes hace que no quiera dejar afuera ni siquiera a los que ya han muerto, que resucitan en “flash backs” o mediante trucos menos convencionales.
El primer tercio está un poco saturado por la cantidad de personajes, por una parte, y por el tono nostálgico, de despedida, por otra. Con olfato y casi por destino de este tipo de historias, el enfrentamiento último entre el Bien y el Mal estaban a la espera, asegurando una buena dosis de acción. En esto “la” Rowling sabe cómo llevar adelante persecuciones plagadas de diálogo con energía y claridad. El enfrentamiento final queda un poco por debajo de las expectativas.
Hay momento de fuerte impacto emocional, no sólo en las necesarias, casi planificadas muertes de algunos personajes centrales, sino en apartes, como la muerte de un elfo, escrita con penetración y carga emocional muy literarias. Lo curioso es que el propio Harry Potter ya saturaba un poco con sus innumerables dudas y cierta confusión para manejar sus afectos con las simpáticas damas de su misma edad.
La única mancha imperdonable del libro, menor gracias a su brevedad, es el epílogo “diecinueve años después”. Allí, el tono se vuelve dulzón y tonto para mostrar a los diversos alumnos sobrevivientes, ya adultos y con hijos propios, llevándolos al colegio de magia con el mismo tono de una publicidad de yogur o de implementos escolares. Sólo queda rogar al dios de la Magia o a la diosa de la Escritura que le haga evitar con cuidado a Rowling la tentación de escribir la saga del “hijo de Harry Potter”. Ya lo hizo Henning Mankell con la hija de Wallander, y sabemos cómo le fue.l
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