Año XXII
Nº 1629 del 15-03-2008
Publicación semanal de Editorial Perfil

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Sutilezas. Abundan en la trama de Pinter y en los actores.
 
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  TEATRO
  Otras definiciones del amor
  “Escuela nocturna”, de Harold Pinter. Dirección: Rubén Sabadini. Traducción: Rafael Spregelburd. Con: Liliana Teruel, Haydée Aristizábal, Favio Rizzotti, entre otros. Teatro del Viejo Palermo. Cabrera 5567.
 
 

★★★★ Una taza de té y una rica torta. El tono amable del convite comienza antes de entrar a la sala y, de algún modo, tranquiliza al espectador que viene preparado para el clima de amenaza que suelen proponer las obras de Harold Pinter. En efecto, todo parece tranquilo en casa de Annie y Milly, las dos tías de Walter. Toman el té, comen una rica torta: Walter acaba de llegar de alguna parte, hay una valija en el piso y un impermeable caído.
Annie (Liliana Teruel) y Milly (Haydée Aristizábal) se mueven por la casa con la sintonía afianzada de un resignado enfrentamiento cotidiano: son hermanas. La llegada inesperada de Walter (Favio Rizzotti), las incomoda, aunque de un modo contenido, porque lo cierto es que quieren a su sobrino a pesar de que no están precisamente orgullosas de él. Y también porque ahora hay otra persona en la casa, una chica joven, un primor, se llama Sally y trabaja como maestra en la escuela nocturna.
La tensión se construye sobre un texto de filosa economía y actores que se mueven con gestos exactos, miradas mínimas y silencios contundentes. Pero la música subterránea de la situación no es particularmente hostil, suena más bien a desesperación y deseo, que es una las definiciones posibles del amor.
En “Escuela nocturna” se produce una escena erótica de notable sugestión. Lejos de toda formulación naturalista, sin desnudos ni gestos privados, Walter construye un momento volcánico con sólo ordenarle a la mujer que cruce y descruce las piernas.
El escenario casi vacío separa la sala del cuarto de Sally (Carola Picasso) con paredes imaginarias escrupulosamente respetadas. La joven tiene el estilo de belleza que el mismo Pinter habría elegido en Londres hace medio siglo; un ángel caído del cielo para las tías, y un bocado bastante más terrenal para otros, como el señor Solto (Eduardo Peralta), el hombre más rico del barrio. Para Walter, ella es el amor tal como se llamaba en su infancia, también el miedo a la muerte y la esperanza de redención.
Teruel y Aristizábal se mueven en plástica armonía, llenas de austera gracia. Rizzotti, nuestro eterno perdedor, traiciona su aspecto anodino con una magnífica voz. Son situaciones sencillas, en apariencia, que filtran turbulencias íntimas, secretos no tan bien guardados. Todo en la pieza funciona con la lógica implacable de un mecanismo de relojería, y va a tener un final necesario.
“Escuela nocturna” fue escrita en 1960, originariamente para la radio, y unos años más tarde la BBC la llevó a la televisión. Esta puesta de Rubén Sabadini, sobre una eficaz traducción de Rafael Spregelburd, nos trae un Pinter vigente y despojado, con ese humor por momentos cruel que parece escapársele a su pesar y con un tono general más compasivo que lo habitual en él.l

   
 

Por Ernesto Schoo

 

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