Año XXII
Nº 1644 del 28-06-2008
Publicación semanal de Editorial Perfil

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Mutismo. Citados a declarar esta semana, los curas Martínez (centro) y Latorre, no respondieron a las preguntas del juez.
 
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Paso al costado. Retiro. El miércoles 25, el Vaticano le aceptó la renuncia al obispo de La Pampa, monseñor Brédice.
 
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  Servi Trinitatis
  El testimonio de las víctimas
  Cómo vivían las internas del grupo católico de La Pampa. El silencio de los curas.
 

Cuando ingresaron al instituto secular Servi Trinitatis, en La Pampa, querían convertirse en siervas del Señor. Una década después, eran siervas a las órdenes de los sacerdotes Ricardo Latorre Cañizares y Antonio Martínez Racionero.
Los sacerdotes habían llegado en 1995 como parte del instituto Servi Trinitatis fundado en España por el cura Gratiniano Checa Colmena. En el 2006, el Cardenal Rouco Varela, arzobispo de Madrid, había aprobó su existencia ante el Vaticano. Como instituto de vida consagrada, Servi Trinitatis es una agrupación de fieles católicos que asumen los consejos evangélicos mediante normas propias. Las once jóvenes pampeanas que hoy denuncian “reducción a la servidumbre y defraudación” tenían prohibido acercarse a hombres. Tampoco podían estudiar más de cuarenta minutos por día, ni comer dulces, ni contactarse con sus familiares.
Pobreza selectiva. Lucila tiene 26 años, es psicóloga pero ya no ejerce. “Durante doce años sólo vi a mis padres una vez. Fueron quince minutos en la estación de micros de Santa Rosa, cuando volví de España después de estar allá durante nueve años y tomar votos perpetuos”. Como muchos de los familiares de las ex servidoras, los padres de Lucila creían que estaba estudiando y no que fuera parte de la institución religiosa. Por tratarse de menores de edad al momento del ingreso, Servi Trinitatis habría violado entonces la ley de Patria Potestad. Cuando Lucila llegó a España a los 18 años, tampoco se imaginó que los mismos hombres de fe que defendían el voto de pobreza le pedirían la firma de un testamento a su favor y comenzarían a preguntarle por los bienes que tenían sus padres. “Hasta que me mudé a la casa de Servi Trinitatis en el centro de Santa Rosa, tenía que entregar un 10% de mi sueldo”, declaró Julia, otra de las chicas que pasó cuatro años en la institución. “Después tuve que entregar todo, hasta las monedas”.
Entregar las claves de las tarjetas de débito es uno de los requisitos de fe más repetidos entre las denunciantes que pasaron por la sede pampeana de Servi Trinitatis. Cuatro ambientes con las persianas cerradas y donde no se permite colgar fotos ni cuadros. Tampoco hay calefacción, televisión o radio. Las duchas son semanales y con agua fría, en un baño sin luz para que la mirada no se vicie por el contacto con el cuerpo propio.
Omar Gebruers, abogado de las denunciantes, estima que desde 1995 habrían pasado por allí más de 50 chicas. En la actualidad, todavía viven siete bajo la supervisión de una directora española.
Santa Ana. “Me desmayé en un retiro espiritual y empezaron a hacerme pasar por enferma”, cuenta Ana, de 26 años. “Después me enviaron a Buenos Aires junto a tres mujeres más que me controlaban. En La Pampa seguían diciendo que yo estaba enferma y pedían aportes. Inventaron que había tenido problemas en el corazón, en los pulmones y en el cerebro. El dinero que juntaban lo depositaban en una cuenta a mi nombre. Hubo aportes de hasta US$ 65.000. También hicieron estampitas y llaveros con mi cara porque decían que iban a canonizarme después que me muriera”. El caso de Ana fue clave para que muchas otras chicas comenzaran a sospechar y decidieran luchar contra el lazo de dependencia psicológica que las mantenía atadas a Servi Trinitatis. Ana padecía enfermedades cada vez más difíciles –con un viaje terapéutico a Cuba que nunca existió– pero extrañamente siempre sobrevivía. “También pidieron plata entre las fieles para reconstruir mi cara diciendo que Satanás me había desfigurado”, recuerda Ana, a quien también hicieron grabar su voz en un cassette con mensajes para las otras chicas. Como muchas de sus compañeras, Ana sólo padecía los efectos gastrointestinales de una dieta pobre en carbohidratos y proteínas. Un menú que, sumada a las otras privaciones, habría pretendido hacerlas manipulables. Cuando Ana retiró los $ 100.000 que había en su cuenta bancaria y escapó de sus supervisoras la rastrearon y le propusieron encontrarse en un bar. "Argumentaban que había sido yo la que decía que estaba enferma y que me iban a meter presa”. Desde entonces, el miedo se apoderó de su vida y tuvo varios intentos de suicidio. “Mi madre estaba enferma y me ofrecieron $ 7.000 para que se operara”, cuenta Marta, que también padeció las trampas del voto de pobreza. “Terminé dándoles todos mis sueldos durante once años”.
Aunque sus clérigos optaron por el silencio ante la Justicia, desde el sitio web de Servi Trinitatis se responde que las sectas sólo se encuentran fuera de la Iglesia y que los supuestos “lavados de cerebro” no son sino un proceso de transformación libre. Así, el “aislamiento” sólo es alejamiento del pecado y el “alejamiento de los padres”, la decisión de seguir a Jesús como lo hicieron los Apóstoles. Cuestiones sobre la que ni los curas Cañizares y Racionero quisieron responder esta semana ante el juez pampeano que investiga la denuncia, Carlos Flores. “Uno de los lemas que les repetían a las chicas era que 'ocultar no es mentir'”, sintetiza el abogado de las ex siervas del Señor.l

   
  Nicolás Mavrakis nmavrakis@perfil.com.ar | Fotos: Walter Brandimarte.
 
 
 

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