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Un libro encendió la mecha en Europa. Y la mecha hizo arder el debate más necesario y soslayado de las últimas décadas. La autora del texto se llama Eva Herman y era la presentadora de un popular noticiero alemán cuando publicó "El principio de Eva", recientemente editado en Argentina (Ediciones B). Allí, esta atractiva rubia afirma que, por el bien de sus hijos, las madres profesionales deberían quedarse en casa para criarlos. Para Herman, la "ideología de la realización personal" sólo sirve para pagar viajes, cambiar el coche y producir madres ausentes y agotadas por el doble papel que tienen que desempeñar. En la progresista sociedad alemana, su libro provocó la ira de la izquierda y las feministas. Pero la carrera de Herman terminó cuando, el año pasado, en un talk-show, tuvo la mala idea de lamentarse por la pérdida de los valores familiares con argumentos que muchos alemanes asocian con el nazismo. Enseguida, el canal NDR la echó porque sus comentarios no eran compatibles con su trabajo en el noticiero. Irónicamente, con su despido, pudo finalmente poner en práctica lo que propugnaba: volver a su casa para cuidar a su prole. Más allá de la falta de recursos intelectuales de Herman, quien no supo defender su cruzada maternal, su libro puso el dedo en una llaga candente de la sociedad actual. ¿Por qué las mujeres tienen hijos si luego los dejan en manos ajenas para salir a trabajar? ¿Porque es lo que se espera de ellas? ¿Acaso una mujer puede realizarse profesionalmente y, al mismo tiempo, criar hijos de forma responsable? Como se preguntaba el personaje principal de la serie “Sex & the City”, ¿las mujeres pueden tenerlo todo?
En Europa, la respuesta a “El principio de Eva” fue el bestseller "No kids. 40 razones para no tener hijos", donde la francesa Corinne Maier asegura que la maternidad implica un sacrificio que no vale la pena. Para ella, cualquier mujer que defienda su derecho a no tener familia inmediatamente es acusada de egoísta. Y, en una sociedad que glorifica la maternidad, aquella que se atreva a confiar que sus hijos son unos mocosos insoportables, directamente es tachada de monstruo. Claro que la autora se refiere a su experiencia como madre en Francia, un país que, a pesar de tener la tasa de natalidad más alta de Europa, es el primero de este continente en cuanto al número de mujeres –con o sin hijos– que trabajan fuera de su hogar.
Variable de ajuste. En la Argentina, a nivel nacional no existe ninguna política gubernamental destinada al cuidado de los niños. Las argentinas que trabajan no siempre pueden confiar sus hijos a sus familias y las empresas que cuentan con jardín maternal son la excepción. Las madres que pueden costearlo recurren a los jardines privados que, en promedio, cobran $ 1.000. Otra opción son las niñeras especializadas, cuyos sueldos rondan también los $ 1.000 mensuales. La mayoría de las madres de clase media sólo puede dejarlos con el personal doméstico, contratado para el mantenimiento del hogar y no para cuidar niños. Para las que no pueden permitirse ninguna de estas opciones, sólo queda renunciar al trabajo y quedarse en casa. "La variable de ajuste es la mujer, cuyo sueldo, en general, siempre es menor que el del marido. Si gana poco, la que se queda sin trabajo es ella", denuncia la legisladora porteña Diana Maffía. Y la falta de jardines maternales es un gran obstáculo: así, a partir del primer o segundo hijo, muchas profesionales abandonan sus carreras para dedicarse a la crianza. En muy contados casos, y así lo indican varios estudios recientes, las profesionales que toman esta decisión lo hacen plenamente convencidas. No es su deseo dedicarse a la maternidad, sino es el retiro del Estado de su función asistencialista lo que las empuja a abandonar sus aspiraciones profesionales. "Como mujer tengo todo el derecho a querer todo: a trabajar y a estar con mis hijos", indica Maffía, quien por supuesto no comparte la postura de Eva Herman. Lo curioso es que la legisladora se acerca a los argumentos esgrimidos por la alemana cuando denuncia que la sociedad moderna genera víctimas, que en la mayoría de los casos son mujeres y madres. Para Herman, la lógica consumista actual "arranca a las mujeres de la familia para arrojarlas al mercado laboral". ¿Para qué correr a la oficina poco después del parto?, se pregunta. ¿Realmente ese hogar necesita un segundo sueldo o la mujer trabaja para mantener un estándar de vida exageradamente alto? Exceptuando a las madres que se ven obligadas a trabajar, las cuales, según Herman, deberían ser retribuidas por el Estado para que no deban dejar a sus hijos al cuidado de otros, aquellas madres que pueden permitírselo deberían quedarse en casa, dice.
Imperfectas. Sin compartir estas tesis extremas, para la periodista Fernanda Sández, en la posición de Herman hay un punto que admite discusión: las mujeres podemos ser buenas madres o tener carreras rutilantes, pero "sacarse un diez en las dos asignaturas, es compartir con Dios el don de la ubicuidad". Para poder tener un hijo, durante 15 años, Sández armó una estructura de trabajo que le permitiera sostener su hogar sin tener que separarse de su hijo: dejó su empleo en relación de dependencia, se “hizo free-lance” y recién a los 37 años fue madre porque se moría de sólo ver por lo que pasaban sus compañeras “cuando llegaba el día 91 de la licencia y tenían que dejar un bebé en una guardería". Claro que no todas las profesionales tienen un trabajo flexible que les evite perderse un pedazo de la infancia de sus hijos: “A veces soy una mala madre y a veces soy una mala empleada, y tengo que aceptarlo, todo no puedo hacerlo bien”, indica Julia Guerrero, contadora y madre de un nene de tres.
Para la historiadora Dora Barrancos, el planteo de dejar todo por los hijos ignora que históricamente las mujeres siempre han estado en los dos frentes, cuidando la casa y produciendo afuera. Proponer la vuelta a casa de las mujeres es condenarlas a no trascender, a no crear: “Las que tienen claro esto se las arreglan para atender ambas responsabilidades”, agrega. Para Barrancos, el problema de la maternidad radica en la tajante separación entre lo que ocurre al interior del hogar y la esfera pública, y la falta de reconocimiento del trabajo doméstico de la mujer. En todo caso, debería proponerse no que las mujeres vuelvan al nido sino “un gran plan de internación doméstica de los varones”. Es que en los últimos 30 años, en el mundo –y en la Argentina, de forma más acentuada a partir de los ’90–, la posición de la mujer ha cambiado radicalmente: entre otras cosas, su entrada masiva al mercado de trabajo coincide con un retardo en la maternidad (el porcentaje de mujeres entre 25 y 60 años que trabajan ha crecido un 20% entre 1989 y la actualidad, según datos de Cepal). Pero las instituciones siguen pensadas para varones hegemónicos: aún se piensa a la maternidad como un trabajo de consagración exclusiva, al igual que un empleo, al que también hay que dedicarse al 100 %. Sin embargo, aunque las instituciones no cambien, las mujeres tratan de conciliar sus deseos de realización personal con la maternidad: avances en las tecnologías de reproducción mediantes, en la Argentina cada vez son más, especialmente las mayores de 38 años, las que desean tener hijos solas –100.000, según estadísticas del 2005 del Ministerio de Salud, aunque esta cifra también incluye a las madres adolescentes–.
Para la psiquiatra e investigadora en temas de reproducción asistida, Luisa Barón, toda mujer puede conciliar vida profesional y maternidad, aunque esto implica un esfuerzo extra. “El trabajo es una necesidad económica y también una necesidad del alma. Optar por uno u otro es innecesario”, indica Barón. “Una mujer puede estar todo el día con sus hijos y no tener ni idea de lo que realmente les pasa”, agrega.
“Hay familias argentinas que van por la tercera generación que no trabaja, desde el abuelo a los nietos, y me parece que ante la desaparición de la cultura del empleo, es importante que los chicos vean que sus madres trabajan”, afirma Clarisa Estol, presidenta del Banco Hipotecario y madre de 4 hijos. “Una vez alguien me dijo que al no estar con mis chicos todo el día no puedo educarlos bien y eso no es verdad: ellos aprendieron a ser responsables, a no llamarme en medio de una reunión por cualquier cosa, a valerse por sí mismos”, dice Estol.
Así, tanto el trabajo como la maternidad implican creatividad y se alimentan la una de la otra. En eso radica el desafío actual de las mujeres: con políticas asistenciales inexistentes, millones de madres se las arreglan para combinar sus vidas profesionales con el deseo de continuar y dar sentido a sus vidas a través de la maternidad. Esto no es compartido por todas las mujeres y es muy aceptable que así lo sientan. Para aquellas que están dispuestas a encarar esa experiencia de la que nunca volverán siendo las mismas, la clave reside en la creatividad. Como indica Fernanda Sández: “Trabajo el triple, de noche, de madrugada, pero siempre termino eligiendo esta modalidad de trabajo porque nadie me va a contar que ‘hoy su hijo tuvo fiebre’". l
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