★★★
En un contexto de premios de narrativa convocados por sellos editoriales que con demasiada frecuencia apuestan a fórmulas con cierto grado de seguridad previa de atracción (y en el mejor de los casos, de venta), el principal valor de esta novela del platense Gabriel Báñez es su originalidad. Nacido en 1951, ya en uno de sus primeros relatos (“El capitán Tresguerras fue a la guerra”), renovaba ciertos climas de la novela latinoamericana de la época, aplicando el experimento en la estructura y el lenguaje. Puede decirse que en sus novelas siguientes (“Hacer el odio”, “Góndolas”, “Octubre amarillo”, entre otras) Báñez mantuvo esa voluntad de apartarse de los caminos trillados, o, en cada caso, de su propia obra anterior.
Este título con resonancias médicas alude a la afasia que invade el discurso de su protagonista y narrador: “A los once años me detectaron en el lóbulo anterior del cerebro una mancha apenas visible que me alteró el habla”. Lejos de dejarse dominar por la inercia, en cambio escribe y escribe, y en esa especie de diario va desarrollando las etapas de su dolencia. Como suele pasar en estos casos, queda durante largo tiempo sin descubrirse si el origen ha sido fisiológico, o psicológico.
Báñez es especialmente hábil para airear la textura al principio un poco árida del texto con personajes muy bien trazados y matizados: la madre ansiosa y reprimida, el padre a la vez optimista y maníaco o jodón, y un tal Behrens, especie de demiurgo corroído que no obstante respeta a Rolando a su manera y rompe, desde el exterior, la cáscara impenetrable que rodea su silencio. Entre los recursos figura el empleo repetido del código Morse, o el comentario minucioso ante el halo emotivo o filosófico de cada palabra relativamente nueva que usa.
La segunda parte de la novela implica un cambio fuerte. Se pierde de pronto gran parte de ese mundo construido en la primera, a través de la muerte brusca y sucesiva de dos de sus personajes principales. El habla reaparece, y lejos de ampliar los horizontes del personaje y su relato, lo constriñen a las etapas sucesivas del análisis lacaniano de un tal Moran. Suspendido entre la ironía y las sucesivas sesiones, con teorías diversas sobre la sexualidad, el libro se vuelve menos dinámico en su funcionamiento verbal, y más cercano a algunos intentos semejantes de la literatura argentina reciente. l
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